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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los demonios de la noche (1)


Muchos directores se han acercado al universo poético de Tennessee Williams. Uno de ellos fue, contra todo pronóstico, John Huston con su versión fílmica de La noche de la iguana, realizada en 1964.

El universo de Williams, delicado y enfermizo, era opuesto al vitalismo intrépido y viril que desprendía la figura del director de El tesoro de Sierra Madre. No obstante, compartían dos cosas: el amor por los perdedores y la pasión por las palabras. Huston empezó siendo guionista para la Warner y, salvo en sus mejores trabajos, sus películas descansan más en la fuerza de la construcción dramática de sus criaturas que en una personalidad fílmica coherente. Sé que los admiradores de las imágenes bellas, delicadas o terribles de Dublineses y Fat City, o los que idolatran clásicos tan sobrevalorados como La reina de África o El halcón maltés no me perdonarán una sentencia tan inmisericorde. Huston llevaba el cine en las venas, pero desde el mundo de la literatura. La mayor parte de sus filmes son adaptaciones de grandes o pequeñas novelas, de cuentos o artículos periodísticos o, como en ese caso, de una extraña pieza teatral que comenzó siendo un perturbador relato breve.


John Huston se atrevió, en la década de los sesenta, a aproximarse a dos de las figuras literarias más controvertidas de su país: el célebre dramaturgo de Missisipi Thomas Lainer Williams, cuando su rutilante figura empezaba ya a declinar en Broadway, y la novelista Carson McCullers, autora de Reflejos en un ojo dorado. Dos escritores de vida azarosa, y personalidad atormentada y dos constructores, desde el lenguaje, de universos poéticos de indudable potencialidad para ser recreados visualmente.

Williams tuvo más éxito que McCullers en Hollywood. El teatro bien o mal filmado era un material más cómodo para el cine estadounidense de los cincuenta, y las acotaciones extensas de la prosa poética de T.W. atraían a directores, actores, actrices y productores. La sensualidad, la intensidad psicológica  y el ocasional  desquiciamiento de los seres que poblaban su obra sedujeron, de Broadway a Hollywood, a un público ávido de sensaciones fuertes y de nuevas visiones de la sexualidad y la vida americana.


El sur, con sus claroscuros y su atmósfera turbia, era un plató ideal para la recreación cinematográfica. Muchos se acercaron a él: Kazan, Brooks, Lumet, MankiewiczHuston realizó con The Night of the Iguana una de sus mejores películas a partir de una de las obras más desequilibradas del autor de Un tranvía llamado deseo. Pero dejemos por un momento el huevo del que salió esta peculiar iguana para centrarnos en el tema de este artículo: la noche, lo nocturno como espacio de catarsis en un filme apoyado —además de en un espléndido plantel de actores y actrices— en una contrastada fotografía de Gabriel Figueroa. El operador habitual de Buñuel puso luces y sombras a los días calurosos, los cielos nublados y, en especial, a las noches pasionales y tormentosas donde se aman, odian y ayudan las criaturas febriles de La noche de la iguana, filmada en un esplendoroso blanco y negro.

El filme se inicia con un torrente de palabras, un discurso antipuritano pronunciado por un sacerdote que escandaliza a una serie de feligreses que se han sentado en la Iglesia como los espectadores en el cine, en busca de algo perverso o redentor que llene sus vidas. Pero el pastor no pide disculpas por su humana flaqueza sino que injuria a esos fieles que tratan de juzgarlo, interpela a los devotos espectadores y escandaliza con su verborrea a esas damas y caballeros que luego lo van a acompañar en un singular trayecto en autobús hacia un reencuentro con su pasado. Tras el violento prólogo, apoyado en la fuerza de un soberbio y curtido Richard Burton como Shanon —localizado en la blancura de una iglesia— pasamos a los títulos de crédito, la noche, la luna, la iguana, las palmeras, la lluvia, una música lánguida, la oscuridad…

Los demonios de la noche (y 2) »

 




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