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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Los castillos del desierto y el Mar Muerto

 OTROS DESTINOS 

Como os comentaba hace meses, cuando inicié el recorrido divertino por Jordania, los castillos del desierto no habían sido incluidos en el recorrido pactado con la agencia, así que supusieron un desorbitado extra de, creo recordar, 200 dólares. No nos habríamos perdido gran cosa si hubiéramos regresado a casa sin verlos pero ya que estábamos allí… Aunque no soy en absoluto mitómana, la idea de ver el mundo desde donde lo había visto Lawrence de Arabia me pudo.


Castillos del desierto - Visitantes

Madrugamos y nos fuimos al más alejado de los tres castillos que pretendíamos visitar, a unos cien kilómetros al este de Amán. Primera decepción: todos están a la orilla de la carretera y el desierto sobre el que se levantan no es un mar de dunas sino un inmenso y llano secarral. Segunda decepción: hablan de castillos en todas las guías pero son en realidad fuertes, almacenes, palacios… pequeñas construcciones de piedra.


Quseir Amra - Al fondo, carretera


Qasr Al-azraq - Mezquita

Exploramos hasta el último rincón de Qasr Al-azraq buscando algún indicio que relacionara el lugar con la descripción que de la fortaleza, al decir de nuestra guía, había hecho el Coronel Lawrence -«fuerte azul de roca, lleno de palmeras, con frescas praderas y manantiales de aguas brillantes»-, pero no lo encontramos. No vimos más que muros de piedra apenas apuntalados para no perder el tren del turismo y el embrión de un museo de restos arqueológicos en el que se amontonan sin vigilancia piedras talladas (posiblemente de la época omeya), y descubrimos una curiosa manera de techar con vigas de piedra. En su polvoriento interior sólo nos cruzamos con un alma: una granadina que se había separado de su grupo para visitar los castillos y que nos pidió inmortalizarla en el patio, cerca de la mezquita. Subir a la habitación del británico, sobre la puerta de entrada, no nos sirvió ni tan siquiera para comprobar que ocupaba el mejor aposento del fuerte.


Qasr Al-azraq - Vista desde la habitación de Lawrence de Arabia - Patio

Deshaciendo el camino andado, nuestra siguiente parada, Quseir Amra, resultó más interesante, posiblemente por lo sorprendente (aunque sabíamos que es Patrimonio de la Humanidad, no esperábamos nada).


Quseir Amra

Quseir Amra, construido a principios del siglo VIII, conserva interesantes frescos pintados a mediados de esa centuria, posiblemente por dos artistas diferentes. Nada más entrar, entretienen las escenas cotidianas de caza y trabajo en el campo, y llama la atención la representación de los gobernantes del mundo en la que se incluye al rey visigodo Rodrigo entre los Seis Reyes enemigos del islam. La sucesión de salas, también decoradas con frescos, que componen los baños, el horno anexo a lo que fueran las cocinas y la noria exterior completan el coqueto palacete.


Quseir Amra - Frescos


Quseir Amra - Guarda

Aquí sí había visitantes: una pareja que viajaba por su cuenta (realmente Jordania es un país en el que se puede alquilar un coche y hacer millas), una familia jordana y un pequeño grupo de italianos. Y hasta un guarda: un hombre sentado a la puerta que tan pronto dormitaba como se acercaba a un turista para iluminarle con su linterna algún detalle de los frescos o arrancaba un lastimoso sonido a su instrumento de corte tradicional.


Qasr Al-Jarana

Y por último, caminamos hacia Qasr Al-Jarana, teatralmente alejado del aparcamiento por un sendero con bancos para reposar. Compacto por fuera e inacabado por dentro, fue donde más gente encontramos, jordanos y japoneses sobre todo. Y todos haciéndose temerarias fotos en las grandes ventanas de las habitaciones de la planta superior, a la que según nuestra guía no era recomendable subir por el riesgo de que el suelo se viniera abajo. También subimos. Y esto es lo que vimos: enormes habitaciones vacías con algún que otro resto de pintura abiertas a un pequeño patio interior.


Qasr Al-Jarana

El verdor de los frutales y la proliferación de invernaderos nos habló de la proximidad del Jordán, los proyectos urbanísticos en marcha nos anunciaron la llegada al Mar Muerto. Hoteles en la orilla y bloques de apartamentos hacia el interior, en pocos años, si la crisis no lo impide, esta zona de Jordania será un hervidero de turistas de todo el mundo; de momento, ya es un destino cotizado para cientos de rusos.

Eran casi las dos de la tarde y la habitación que nos tenían reservada no estaba aún preparada, esperamos un poco y ante el temor de quedarnos sin baño en las aguas del Mar Muerto (razón de nuestro desplazamiento hasta allí) pedimos en recepción que nos recogieran el equipaje y que nos indicaran un lugar para cambiarnos. Lo que hicieron fue cambiarnos de habitación y darnos una de categoría superior en primera línea de mar, fuera del edificio principal en el que nos encontrábamos. Tales son las dimensiones del Kempinski Hotel Ishtar que nos llevaron hasta nuestro alojamiento en un coche de golf.

A los dos segundos estábamos en la playa del hotel. Por cierto, toda la costa está siendo acotada por los establecimientos hoteleros, deberían vigilar los locales para no quedarse sin orilla de libre acceso.


Mar Muerto

La sensación que provoca el Mar Muerto es la de que puedes caminar sobre las aguas, parece que te deslizas en lugar de nadar, y mantener brazos y piernas fuera del agua cuando te tumbas no supone el más mínimo esfuerzo, bucear me pareció misión imposible. En cuanto experimentamos lo que queríamos experimentar, nos salimos de unas aguas por otra parte demasiado templadas y malolientes. Si no hubiéramos estado hambrientas, posiblemente nos habríamos cubierto con el barro que el hotel había dispuesto en cubos para sus huéspedes.


Mar Muerto - Bañista

Comimos-merendamos en la terraza de la piscina mientras atardecía, antes de regalarnos una reposada tarde de lectura y un festín jordano en la excelente habitación que nos había tocado en suerte. Es lo bueno que tiene a veces estar en la nada.


Mar Muerto

Alguna foto la hice yo; la mayoría, Eva Orúe. 

 

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