1 de diciembre de 2007

Perdidos

Cuando ya los niños alcanzan una edad razonable es el momento de darles la patada y mandarles en autobús a casa de sus amigos. Ya está bien de llevar la gorra de Fermín mañana, tarde y noche (y la madrugada de los sábados).

Que se pierden, pues eso, que se encuentren. Desde luego no va a aparecer en una isla perdida en el océano; como mucho en Islas Filipinas (gran parada de metro). A mí no me da nada de cargo de conciencia que mi hijo coja la línea de metro al revés y aparezca en Príncipe Pío en lugar de Plaza de Castilla, aunque en medio se haya perdido unas 12 veces, o sea, 12 estaciones que ha dejado pasar alegremente. Sobre todo si, mientras, yo estoy calentita en casa viendo una peli. Que de la vuelta al andén y repita la operación en sentido inverso. Estoy segura de que no tiene nada tan importante que hacer en su vida social que le impida perder media hora. Yo me paso 20 minutos cada mañana esperando que baje de su cuarto para llevarle al cole, así que se me parece genial que alguien, aunque sea el metro, le aplique su propia medicina.

Ahora bien, estas pérdidas involuntarias se pueden convertir en un drama humano si:

A) Pierde el móvil en plena salida semi-nocturna. En este caso quedan las cabinas telefónicas para avisar en que lugar de la red de Metro ha salido y poder reconducirle hasta el local en el que ha quedado. Además, tiene que pedir el móvil a sus amigos para que luego sepamos dónde va a aparecer, lo cual le genera mal rollo porque ya va tenso. Pero al llegar a casa se lleva la bronca igualmente, este tenso o no, por inútil. Total un drama infantil.

B) Queda con su padre en la estación de Metro para recogerle y no aparece. Esto genera un sin fin de llamadas entre los progenitores y el contestador del susodicho que como se desplaza bajo tierra no tiene cobertura. Aquí hay dos opciones, o bien aparece en la parada acordada veintitres minutos y cuarenta segundos tarde o bien aparece directamente en casa porque se le ha olvidado que había quedado con su padre en la parada. En cualquiera de los casos, lo que le espera en casa es un claro ejemplo de drama paterno-filial.

C) Llega muy tarde a la cita con sus amigos y estos han desaparecido. Normal. Todo el mundo se cansa de esperar a que llegue de su periplo por las líneas de Metro. Aquí también hay otras dos posibilidades. Si lleva el móvil y se ha acordado de grabar el número de sus amigos, no hay problema, los encuentra y se va hasta donde estén (mal que bien). O bien, como no lleva el número de sus amigos grabado, tiene que llamarme a casa para que se lo busque. Por supuesto, el número aparece en el lado opuesto de donde había dicho, o sea, en el fondo del cajón de la mesilla blanca, debajo de sus cómics, dentro de un cutre- cuaderno donde lo ha apuntado de ladillo y con mala letra. Esto genera un intenso drama materno-infantil porque nada más llegar a casa le echo la bronca triplemente, por perderse, llegar tarde y no tener una solución prevista (ah, y ya de paso también por ser un desordenado). Este es, sin duda, uno de los dramas materno-infantil más típico.

D) Se le olvida llamar y llaman sus amigos preguntando por él. Siempre que llega a su destino sano y salvo debe llamar para comunicarlo. Esta medida que parece exagerada no lo es tanto cuando tienes un hijo que vive en la inopia, se pierde constantemente en el Metro y es un “empanado” total. Pues bien, sus amigos no lo encuentran, el no lleva el móvil operativo y yo no sé nada de él. Pues bien, empieza la veda, la situación es casa es la siguiente: su padre permanece en contacto permanente con sus amigos, yo me pongo al habla con la oficina de objetos perdidos por si aparece por allí y su hermana se troncha de risa pensando en la bronca que le va a caer. Al final llama con el móvil de sus amigos para decir que se ha perdido, se ha quedado sin batería y que como ha llegado tan tarde, se queda a dormir en casa de su amigo. Mejor, que no vuelva, porque en esos momentos le mataría con mis propias manos, lo cual sería un caso de drama materno-judicial y eso no lo queremos.

En fin, que lo de las nuevas tecnologías está muy bien cuando son efectivas. Yo salía con mis amigas allá por los ochenta (puf) sin móvil y supongo que alguna vez nos perdíamos pero claro, nadie se enteraba, no había tanta comunicación telefónica. Yo sólo llamaba a mi casa desde una cabina, para avisar en qué autobús iba a volver y con quién (por que las chicas nunca deben volver solas a casa). Algo tan sencillo que ahora parece una pesadilla, entre otras cosas porque la mitad de las cabinas funcionan con tarjeta y no con moneditas, pero eso es otra historia…

Así que no me importa que mi hijo se pierda, llegue tarde y nos genere estrés, porque luego siempre me puedo vengar de él echándole unas broncas monumentales y dejándole sin paga por inútil. ¡Viva el transporte público!


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