3 de diciembre de 2007

Sexo

¿Dónde están los límites de la literatura de género –negro, rosa, erótico…– y la literatura sin más adjetivos? En algunos casos, debe de ser cuestión de amplitud de miras: en Madame Bovary hay adulterio y amor y pasión, pero a nadie se le ocurriría decir que es una novela rosa, ¿no?

Cuando se trata de género negro, las cosas no están tan claras, pues los especialistas aseguran que hay un buen puñado de títulos que han de ser considerados como obras maestras de la literatura (ya lo he dicho alguna vez: soy un mal lector de esta clase de novelas). No sé si ya está a la altura de los Cain, Hammet y demás, pero Walter Mosley (Los Ángeles, EE.UU., 1952) es uno de los autores negros –en los dos sentidos: el narrativo y el racial– contemporáneos más activo y de mayor fama. Allá por 1990, publicó la primera historia protagonizada por su detective Easy Rawlins, El diablo vestido de azul; hay película.

Pero no nos interesan los crímenes y su resolución, no señores. La última novela aparecida en español de Mosley es Matar a Johnny Fry (publicada por Alfaguara, con traducción de Miguel Martínez-Lage). Y empieza con un tipo que se pasa por la casa de su novia y se la encuentra con otro tío, el tal Johnny Fry, en plena refriega sexual. Se queda pasmado y se marcha por donde ha llegado; los otros dos están tan concentrados que no se enteran de que el otro ha estado allí. A partir de ahí, el protagonista se deja llevar por una serie de experiencias sexuales; algunas buscadas por él, otras no; algunas llevadas muy al límite; otras más convencionales. Da la sensación de que busca una especie de redención personal a través del sexo, de que abre una compuerta que mantenía cerrada, porque no la necesitaba, probablemente, o porque, simplemente, no se le había ocurrido abrirla. Pero vaya si la abre.<

El propio Mosley habla de “novela sexistencialista”. Hay sexo en estas páginas, mucho sexo, hay escenas descritas con el detalle y el vocabulario de la literatura erótica de toda la vida, esa que pretende, por encima de todo, o quizá únicamente, estimular, excitar al lector. Pero Mosley aspira a más; lo de “sexistencialista”, aunque suene un poco pedantuelo, lo dice todo. Y yo creo que lo logra, pues junto al sexo, que en ningún caso hay que pasar a un segundo plano narrativo, al contrario, esta historia muestra un viaje personal muy interesante y de mucha enjundia.

Y a este rincón siguen llegando listas de libros preferidos, y aquí seguimos dándoles salida. Aquí está la opción de M2:

Islas en el golfo, de Hemingway; La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve, de Julio Llamazares; La vida maravillosa, Stephen Jay Gould; Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio; El mundo según Garp, de John Irving; Ritmo lento, de Carmen Martín Gaite; El cine según Hitchcock, de Francois Truffaut, a la vez que su película La noche americana; El corazón de las tinieblas, de Conrad, por su final; Tree surgery for Beginners, de Patrick Gale; Los pazos de Ulloa, de la Pardo Bazán; Viaje a la Alcarria, de Cela; Peter Pan en Kensington Gardens, de JM Barrie; El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; La exagerada vida de Martín Romaña, de Bryce Echenique. Y añade M2: “Esta es la lista de un lector ocasional, poco ordenado y mal instruido (sólo hace falta ver la falta de clásicos). No son realmente los mejores libros que he leído, pero sí los que recuerdo de un modo especial. Apenas releo, pero curiosamente, en la lista han aparecido de los pocos que si he vuelto a visitar”.



eaguirre@divertinajes.com
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