26 de noviembre de 2007

Qué hambre

“Como la mayoría de los ayudantes de cocina, no podía permitirme el lujo de probar la comida que yo mismo mandaba a las mesas cada noche. Y ahora estoy pidiendo un plato de deliciosa opulencia sazonada con un toque de crueldad”. Esto lo piensa un chaval, el día en que cumple 34 años. Está en un restaurante de Nueva York, Les Halles, de Anthony Bourdain. Se dispone a pedir una hamburguesa Rossini: “La carne, picada y cocinada al gusto –escribe–, va adornada con una tajada de foie gras casero y regada con una reducción de vino tinto y trufa negra”.

El chaval lleva por nombre Alex Kapranos, nació en 1973, en una familia anglo-griega. Se ganó la vida trabajando en cocinas varias, a la vez que tocaba la guitarra y cantaba en una banda de rock, desde 2001, en Escocia. Allá por 2004, publicaron un disco que se llamaba como el grupo, Franz Ferdinand, y alcanzaron un éxito rotundo, con unas canciones impregnadas del espíritu del pop-rock de los años ochenta, cuando ellos no eran más que unos niños. Luego vino un segundo disco, You Could Have It So Much Better, y se convirtieron en estrellas, en uno de esos grupos que recorren el mundo con sus giras; de hecho, hasta el año pasado han dado la vuelta a globo un par de veces.

Pues Kapranos ha aprovechado estos viajes para comer, para probar todo lo probable, para conocer mercados, lujosos restaurantes y garitos grasientos, para animar a sus colegas –Bob Hardy, Nick McCarthy y Paul Thompson– a comer, a degustar, a aprender. Y después se ha dedicado a escribir una serie de artículos sobre lo que ha ido comiendo por el mundo, unos artículos que se publicaron en el diario The Guardian, y que pasaron a conformar un libro, Sound Bites, en España publicado por 451 con el subtítulo Comerse el mundo de gira con Franz Ferdinand (y con la traducción de Amelia Pérez del Villar).  

Sorprende la poca presencia de la música en estas páginas, mientras que los recuerdos, sobre todo de infancia, tienen una presencia constante. Los sabores y las texturas que Kapranos descubrió de niño, tanto en Inglaterra y Escocia como en
sus vistas a su familia en Grecia, vuelven cada poco. A diferencia de sus compañeros de grupo, tan británicos, él sí conoce a qué saben las aceitunas y las salsas agrias que preparaba su abuela griega y los vinos y aguardientes.

La lectura de este Sound Bites da hambre. Parece una perogrullada pero, a mí al menos, no todos los textos gastronómicos me dan hambre. No sé si se puede considerar a Kapranos un gran experto en la materia, pero sí estoy seguro de que es un gran disfrutón, y quienes disfrutan de verdad con la comida, la música, el arte o la literatura no se equivocan cuando describen eso que tanto les ha gustado; y cuando dan una pista, hay que seguirla, aunque sea para decir luego que no era para tanto…

Y hablando de disfrutar y de disfrutones, nos ha llegado otra lista de libros preferidos. La firma J., pero como ya apareció una J. en la entrega primera, llamaremos a esta J2. Ahí va: Crimen y castigo y El idiota, de F. Dostoievski; Las novelas del Gaviero, de Á. Mutis; El gran Gastby, de F. Scott Fitzgerald; Las palmeras salvajes, de W. Faulkner; El cuaderno gris, de J. Pla; Diario íntimo y Memorias, de González Ruano; Guerra y paz, de L. Tolstoi; Rayuela y los cuentos, de Cortázar; Los Maia, de Eça de Queiroz. Y termina diciendo: “Paro, porque podía estar todo el día…Umbral, Bearn, Trapiello… El extranjeroGil de Biedma…”.



eaguirre@divertinajes.com
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