17 de septiembre de 2007

Infancias

Ni antes de que le dieran el premio Nobel, ni después. No me había metido en ningún libro del turco Orhan Pamuk (Estambul, 1952); por nada en especial; una laguna más. Pero J me habló muy bien de Estambul (Mondadori, con traducción de Rafael Carpintero), y J es como aquellos quesitos en porciones, El Caserío (para quien no tenga una edad provecta y no entienda la gracia, les recuerdo que el eslogan comercial decía: "Del Caserío, me fío").

Pues eso, que coloqué el libro en la maleta cuando me fui de vacaciones y me lo leí una vez llegado a mi paradisiaco destino. Y me gustó.

En Estambul, Pamuk narra su infancia y cuenta cómo es, o al menos cómo es para él, su ciudad, la capital de Turquía. El cóctel narrativo no es nuevo, pero qué más da, Pamuk lo borda. A los que no conocemos aquella ciudad nos despierta las ganas de ir y de visitar algunos lugares que para el escritor supusieron hitos vitales. Y a los que no nos gustan las memorias de niñez (salvo que sean trágicas, las infancias son taaaaan parecidas, ya sean los niños unos genios, unos sensibles futuros artistas o unos simples seres que aprenden a vivir: vamos, creo yo), a los que no nos gustan esas memorias, el autor es capaz de engancharnos, de despertarnos el interés por su vida, pues sabe contarlo muy bien, incidiendo en lo extraoridinario (las ausencias periódicas tanto del padre como de la madre, por ejemplo) pero contándolo con cierta normalidad.

En la misma maleta, viajó conmigo Este que ves (Alfaguara), el último libro del mexicano Xavier Velasco. Como los libros anteriores de Velasco (Diablo guardián y El materialismo histérico) me habían gustado, me llevé este, para leerlo, sin ni siquiera mirar de qué iba.

Y, sorpresa, Este que ves trata de la infancia de Velasco. No obstante, y quizá animado por la lectura de Estambul, me puse a ello y...

O debo desprenderme de mis prejuicios sobre los relatos de infancia o he tenido mucha suerte con estos textos. El caso es que la infancia de Xavier Velasco, o mejor dicho el relato de esa etapa de su vida, me ha encantado.

Quizá porque el escritor, ya cuarentón, tiene (se percibe en algunas partes de sus obras) un espíritu de rebeldía frente a lo convencional, que podríamos identificar con rechazo al mundo de los adultos, quizá por ello, que no deja de ser una cierta resistencia a abandonar la infancia, el punto de vista desde el que escribe Velasco es tan similar, o al menos así lo parece, al del niño que vive en estas páginas. Se trata de un niño mimado en casa y que no se integra en el colegio; que vive las limitaciones de su edad con angustia, pero que al mismo tiempo se aprovecha de ellas para crear un mundo particular en el que se desenvuelve muy bien, en contraste con las dificultades exteriores.

La verdad es que viendo la pinta que tienen ahora estos dos señores (Pamuk, a la izquierda; Velasco, a la derecha), cuesta creer que sus infancias nos puedan interesar; o a lo mejor es justo por eso...

 

eaguirre@divertinajes.com
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