18 de junio de 2007

Sabino Ordás

Me encuentro el otro día con un pequeño volumen titulado Palabras en la nieve, de la editorial Rey Lear, firmado por esos tres escritores de León que responden a los nombres de Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino, con el subtítulo Un filandón, y con un prólogo, según rezaba la portada, y para sorpresa mía, de Sabino Ordás.

Esto del filandón es una tradición de los montes leoneses: en las reuniones de vecinos, casi siempre nocturnas, en los pueblos, casi siempre alrededor de mujeres que hilaban (de ahí el nombre), se contaban cuentos; unos vecinos iban dando la palabra a otros y se iban relatando pequeñas aventuras, mínimas tramas.

La tradición oral, el principio de la literatura, el fundamento de lo que luego se convirtió en un arte. Ahora hay quien habla de microrrelatos; pues estaban ya inventados: ¡Se siente!

Aparicio, Díez y Merino han retomado aquella tradición y la han puesto en práctica en un par de ocasiones, en el festival Hye-on-Wye de Segovia (septiembre de 2006) y en Cartagena de Indias, en la edición del mismo festival en tierras colombianas (enero de 2007). Y aquellos cuentos están recogidos en este volumen.

Pero vamos con Sabino Ordás.

 

 

 

 

 

Me sorprendió encontrarme un prólogo suyo, además fechado en este mismo 2007, porque estaba seguro de que Ordás ya había muerto. Mi memoria me decía que había nacido muy a principios del siglo XX, lo que puede comprobar cuando llegué a casa y eché un ojo a Las cenizas del Fénix (Calambur), una recopilación de los artículos que Ordás publicó en el suplemento cultural del diario Pueblo, a finales de los años setenta. Efectivamente, Sabino Ordás había nacido en 1905, en Ardón (León), de manera que el hombre tiene ya 102 años, y sigue escribiendo, por lo que se ve. Me acordé de otro centenario, Francisco Ayala, de biografía casi paralela a la de Ordás, salvo que éste no ha tenido homenajes al cumplir un siglo de vida y apenas es citado en las historias de la literatura o del exilio españoles...

 

 

 

 

 

 

 

 

Sabino Ordás fue un producto de la llamada Edad de Plata: estudió Filosofía y Letras en Madrid, donde conoció al meollo de la Residencia de Estudiantes (Dalí, Buñuel, Lorca, etc.) y el ambiente cultural de la capital. Se dedicó al estudio de la literatura y, como tantos en aquellos días, se comprometió con el ideal de regenerar y mejorar España.

Aquel compromiso llevaba implícito defender a la República cuando los nacionalistas, católicos y fascistas decidieron acabar con ella. En 1939, Ordás se exilió, primero a México, luego a Estados Unidos, donde encontraría trabajo en varias universidades. Volvió a su pueblo con la democracia y allí pretendía vivir recluido hasta que unos, por entonces, jóvenes escritores le localizaron y le pidieron que escribiera para el mencionado diario Pueblo, a instancias del periodista Dámaso Santos.

Los tres escritores jóvenes era, efectivamente, Aparicio, Díez y Merino. Y Sabino Ordás escribió, entre 1977 y 1979, una serie de artículos en los que habló de libros, de literatura, de los personajes que había tratado, de León, de España, del exilio, de la historia. Y siguió viviendo al margen, en Ardón.

Es una gran historia, creo yo, la de este hombre.

Lo cierto es que en Las cenizas del Fénix hay un texto introductorio de Asunción Castro Díez en el que cuenta la historia de Sabino Ordás, en el que da la explicación de cómo y por qué y de qué mano apareció de repente ese presunto exiliado, en aquel 1977. Los datos biográficos que yo he manejado están, pero hay más cosas que a lo mejor, y solo a lo mejor, podrían dar a entender que este Ordás fue un poco... apócrifo. Uf, no sé... pero a mí me gusta el personaje... Claro que también me gusta Juan de Mairena, por ejemplo... Pero que Aparicio, Díez y Merino estén siempre por medio cuando Ordás aparece en un libro, la verdad... Bah: ustedes deciden.

eaguirre@divertinajes.com
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