30 de abril de 2007

Cuentos

Cuánto se puede contar en sesenta páginas, o en menos. Los editores y los autores se quejan de que los libros de cuentos (o de relatos, como ustedes prefieran) nunca se venden demasiado bien. Sin embargo, qué cómodo es calzarse una o varias de estas historias en un viaje en avión o en un recorrido en cualquier otro medio de transporte (urbano o interurbano o inter-lo que sea).

Vamos a recomendar uno, recién publicado en España: El juicio de Dios, de Heinrich von Kleist (en Rey Lear, con la traducción de Úrsula Toberer).

La historia transcurre en el siglo XIV, en tierras germanas. Hay un duque que muere asesinado y otro personaje, un conde, hermano del muerto, tiene que decir con qué mujer, hasta entonces tenida por honrada, estaba pasando aquella noche para no ser acusado del crimen. Creo que con estas pistas no desvelamos más de lo necesario. El cuento es una delicia, con su mezcla de amores, pasiones, devociones, injusticias, duelos, traiciones, fidelidades. Todo contado (y resuelto) en esa cincuentena de páginas.

El tal Kleist (1777-1811) fue un activo escritor del periodo romántico, muy comprometido con la política de su tiempo y muy arrebatado, pues se suicidó, al parecer por un problemilla de dinero.

Tras leer una obra como esta, te entran ganas de volver a otros cuentos, de los que tienes un grato o poderoso recuerdo. Hay un libro en el que es difícil no encontrar algo que merezca la pena en cada momento en que se vuelve a él, la Antología del cuento triste que hicieron Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs (la última edición que conozco está en bolsillo, en Punto de Lectura) . En esas páginas están las narraciones de Melville, Flaubert, Clarín, Chéjov, Lugones, Mann, Joyce, Faulkner, Bellow, McCullers u Onetti, entre otros. Se coge, se abre al azar y se lee.

A veces, un texto corto es suficiente.

eaguirre@divertinajes.com
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