16 de abril de 2007

Efecto Stradivarius

Resulta que un violinista de prestigio (Joshua Bell, en la foto) se puso a tocar su Stradivarius (ese modelo de violín de más de tres siglos de antigüedad cuyo nombre tan bien conocen quienes no son capaces de distinguir cualquier otro violín), y lo hizo en una estación de metro de Washington. ¡Oh!, se mesan los cabellos los opinadores/as de diversos medios, apenas un puñadito de personas se detuvo a escuchar aquella maravillosa música. "Es probable que estemos mutando a zombis", aventura, quejosa, Irene Lozano en el diario ABC (15/4/07). De "espectros del subsuelo", califica esta joven columnista (Madrid, 1971) a aquellos seres que corrían hacia su casa o a la consulta del médico o al trabajo o a encontrarse con su amor, o a lo que fuera, sin reparar en lo que a su lado ocurría.

¿Cuántos de nosotros, me pregunto, incluyendo a estos opinadores/as de la prensa, hemos pasado, pasamos y pasaremos por las librerías del mundo y saldremos de alli habiendo adquirido un libro y habiendo dejando, ignoradas, una decena de auténticas obras de arte? ¿Cuántas veces pagamos veintitantos euros por una novedad, tan a menudo presicindible, y dejamos, en el rincón de las ediciones de bolsillo, no sé... Rey Lear, de Shakespeare, que nos habría costado algo menos de diez euros?

No recuerdo dónde la leí ni de quién era la reflexión, pero decía más o menos así: si por el mismo precio y el mismo esfuerzo cualquiera pudiera optar entre un coche utilitario normalito y un modelo de lujo, nadie dudaría en quedarse con lo mejor. ¿Por qué, entonces, pudiendo tener por el mismo precio una maravilla como los cuentos de Chéjov, por ejemplo, podemos leer en su lugar una de esas bobadas que despachan millones de ejemplares?

En la cultura, queridos opinadores/as, no todo es la excelencia. Los oyentes, lectores o espectadores tienen prioridades, que a veces se acercan y otras se alejan de lo que creemos que son cánones culturales. Seguramente, ninguno de estos opinadores/as ha pasado de largo por el Museo del Prado por ir a tomar unas cañas y unas tapas cuatro calles más allá; ni habrá dejado a un lado, en la carretera, el desvío a una iglesia románica por ir a comer a un par de kilómetros unas migas o una fabada o lo que sea.

En lugar de pensar en la decadencia de Occidente porque los usuarios del metro no reconozcan un Stradivarius, me ha dado por imaginar:

¿Cúantas de aquellas personas irían escuchando música en su mp3? Quizá La flauta mágica; quizá unas rondeñas de Paco de Lucía; quizá una canción de Señor Chinarro (sí, ya sé que era en Washington, pero es por acercar un poco la cosa...)

¿Cuántas irían leyendo? Quizá El quinto en discordia, de Robert Davidson (que en España ha publicado Libros del Asteroide y de la que hablaremos por aquí en breve); quizá era un hispano (ahora sí me estoy ciñendo al escenario estadounidense) que releía Cien años de soledad, en la edición conmemorativa que ha aparecido con motivo del cuadragésimo aniversario de su publicación.

Lo que espero que ocurra es que los opinadores/as agoreros, preocupados porque la cultura de los ciudadanos de desmorona, no dejarán escapar sin citar y ponderar debidamente en sus columnas los libros imprescindibles que aparezcan de ahora en adelante y se abstendrán de escribir y publicar obras mediocres y presicindibles, como algunos/as de ellos/as han hecho y hacen.

eaguirre@divertinajes.com
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