26 de febrero de 2007

Imposturas

¿Para qué leemos? Pues para muchas cosas y por muy diversos motivos, me dirán ustedes; menuda pregunta, a estas alturas, pensarán. Tienen razón, pero yo creo que una de las razones para ponerse ante una historia que otro se ha inventado es querer conocer otros mundos u otros puntos de vista sobre el nuestro. ¿No?

¿Se imaginan que ahora algún investigador encontrara un texto que contara una historia de los bajos fondos de la Roma imperial o del Egipto de Alejandro Magno o de del Toledo de los Austria? Pero no los bajos fondos más tópicos (putas, ladrones, etc.), no, sería una historia que pusiera ante los ojos de todos comportamientos vergonzantes, que diera voz a personajes que a fuerza de ser marginales casi no existen para la inmensa mayoría de los ciudadanos, aunque los tengan ante sus narices.

Seguro que existe algún texto así de esas épocas, aunque yo no lo conozca... Pero ahora, desde mediados del siglo XX, esta clase de historias no son algo raro. Será por eso, porque hay donde elegir, que se tiende a despreciarlas, a decir que si están estereotipadas, que si no son realistas. Y lo suelen afirmar personas que ni siquiera se han asomado un poquito a esos ambientes.

J.T. Leroy tiene toda la pinta de ser un personaje inventado: surgió de repente con unas novelas tituladas Sarah y El corazón es mentiroso. Que sin un pasado de chapero y de yonqui; que si no se sabe si es chico o chica; que si sus desgarradoras historias era, sobre todo, autobiográficas. Algunos gurús de lo marginal (Gus Van Sant, Dennis Cooper o Lou Reed) lanzaron vivas al cielo por la aparición de un nuevo mesías underground.

Al cabo de un tiempo, la prensa estadounidense empezó a poner en duda que aquel personaje fuera en realidad el autor de los libros. Dijeron que detrás podía estar su agente o no sé quién. Pues a lo mejor es verdad y todo esto no es más que una impostura, pero eso no le quita valor a la obra firmada con ese nombre. Si toda la literatura tiene tanto de impostura...

No es que J.T. Leroy sea el descubrimiento del siglo, no. Pero hay algo en su escritura que me gusta. ¿Quieren ustedes intentarlo? Pues háganlo con El final de Harold (Mondadori, con traducción de Toni Hill), que es un relato de apenas setenta páginas.

En un barrio de San Francisco, un grupo de adolescentes sobreviven. De uno de ellos se encapricha un hombre que suele regalar mascotas... Drogas, pederastia, desesperanza, ausencia de futuro y de presente, violencia, tristeza...

Nunca he frecuentado esos ambientes, no sé si lo que estas páginas cuentan es real o no. Pero me resulta verosímil, me lo creo y me ha interesado. Además, tengo la sensación de que he aprendido algo (no sé muy bien qué, todavía). Para eso, entre otras cosas, leemos.

 

eaguirre@divertinajes.com
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