14 de agosto de 2006

En la playa

Sé que es una tontería, pero siempre he leído a J.M. Coetzee de vacaciones en la playa. Como sus novelas no solo son magníficas sino que además son relativamente cortas, creo que casi puedo precisar en qué playa leí esas tres joyas que son Desgracia y las dos entregas de sus memorias, Infancia y Juventud.

Hombre lento, Foe, Elizabeth Costello, En medio de ninguna parte... La obra de este surafricano (Ciudad del Cabo, 1940), que tiene uno de los premios Nobel de Literatura más merecidos de los últimos tiempos, es amplia y sólida, pero tengo debilidad por los tres títulos mencionados. ¿Será por la playa...?

Los tres libros están disponibles en bolsillo, en sendas ediciones que parecen más inglesas que españolas (es un piropo), en Debolsillo (un sello del grupo Random House Mondadori), con traducciones de indudable calidad: Juan Bonilla (Infancia), Cruz Rodríguez Juiz (Juventud) y Miguel Martínez-Lage (Desgracia).

En Desgracia, un hombre en la cincuentena se enfrenta a su vida, a los restos de su vida: trabajo en la Universidad; relaciones sentimentales poco satisfactorias; existencia urbana nada confortable. La alternativa es la granja en donde vive su hija. Pero la Suráfrica contemporánea tienen códigos de conducta diferentes a los tradicionales y diferentes, muy diferentes, entre el campo y la ciudad. Desgracia es una novela dura, desasosegante. Para los que saben, es una de las grandes de este Coetzee, cuyo nivel es constantemente muy alto. Es una de esas lecturas que obligan a mirar de frente a las cosas; no sé si me explico.

Infancia y Juventud retratan la vida de una cierta clase social surafricana en los años cincuenta y sesenta. Coetzee se retrata con aparente sinceridad. Infancia tiene la ventaja de que no se parece en nada a las habituales memorias de niñez, que suelen ocupar los primeros capítulos de casi todas las autobiografías, y que suelen resultar un pelín pesadas por nostálgicas y por idealizadas. Aquí, para nada. Y en Juventud, la mirada sobre ese chaval de orígenes afrikaners que se marcha a Londres a descubrir qué es eso de vivir, es de una tremenda lucidez. Ambas, además, nos dan algunas claves para leer el resto de la producción de Coetzee (Por cierto, dicen que se pronuncia "cotzía", o algo así).

A estas impresiones, un tanto superciciales, se añade una de las mejores prosas que nos circundan y ese otro elemento que yo les propongo, la playa en vacaciones, y, pueden creerme, la satisfación como lector está asegurada. A ver si alguien me dice lo contrario.

Nos vemos el 4 de septiembre y retomamos el ritmo habitual.

 

eaguirre@divertinajes.com
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