19 de junio de 2006

La música fue primero

En la adolescencia, se quedaron enganchados al rock. Se agarraron a una guitarra, montaron sendos grupos, compusieron canciones. Por muchas cosas, aunque no siempre lo reconozcan, ambos pertenecieron (con todas las particularidades que se quiera) a aquello que se llamaba Nueva Ola, y que pasará a los libros de historia como Movida, la explosión musical, sobre todo, que ocurrió en Madrid y en Barcelona (y en otras ciudades como Vigo o Valencia) a finales de los años setenta y primeros ochenta.

Se llaman Víctor Coyote y Sabino Méndez. El primero encabezó un grupo de rockabilly llamado Los Coyotes, cuyo sonido derivó, un poco más adelante, hacia la música de raíces latinoamericanas en clave, siempre, de rock. El segundo fue letrista, compositor y guitarrista de Los Trogloditas, la banda sin la cual Loquillo, un afectado cantante con más actitud que aptitud, no hubiera llegado a nada.

¿Y qué hacen aquí estos tipos? Pues que escriben, sino, de qué.

Víctor Coyote ha llevado una carrera paralela a la de la música en la cual ha mezclado el diseño gráfico con el cómic. No llegó nunca a tener un éxito discográfico rotundo (aunque sigue entregando de vez en cuando un disco o unos conciertos), pero es un personaje respetado en el ambiente pop.

Coyote acaba de publicar Cruce de perras y otros relatos de los 80 (Visual Books), un conjunto de cuentos y textos en los que, desde la ficción, presenta algo así como unas memorias del ambiente nuevaolero de aquellos días. Pone a andar literariamente a Poch (Derribos Arias), Santiago Auserón (Radio Futura), Julián Hernández (Siniestro Total), Alaska (Pegamoides, Dinarama)... y a otros personajes anónimos, inventados o disimulados.

Quienes vivieran aquella época, reconocerán lugares, acontecimientos y personas con tanta claridad, que quizá se pregunten dónde está la ficción en todo ello. Coyote escribe con una fuerza considerable, sin importarle (en apariencia, seguro que está muy bien medido) si respeta o no determinadas convenciones. Todo está al servicio de la impresión que quiere dejar en el lector. Quizá no te acuerdes de lo que pasó en estos relatos exactamente, pero sí te quedará una sensación de cómo fue aquello.

Por lo que cuenta en este diario (que abraca desde 1981 a 2005), Hotel Tierra (Anagrama), Sabino Méndez tuvo muy pronto una pulsión literaria. Empezó a intentar calmarla con la lectura, pero desde una edad muy temprana fue escribiendo algo más que letras de canciones de rock (notables, por cierto).

Méndez pasó por la Universidad, ya mayor, y se ha tomado esto de la escritura con una profesionalidad y un grado de reflexión considerables. Aquí no hay ficción, hay memoria, pero una memoria elaborada de la siguiente manera: ese poco cultivado rockero fue acumulando anotaciones de su vida, su experiencia musical, sus observaciones (da la sensación de que la observación casi le obsesiona); a la vez, va leyendo y entrando en la literatura; estudia y busca fundamentos teóricos de la escritura; con todo este equipaje, retoma aquellas notas y nos las presenta (no es su primer libro, antes llegaron Corre, rocker y Limusinas y estrellas, ambos en Espasa).

Es fácil que el lector se ponga en guardia ante una posible manipulación. Pero qué importa: la literatura es manipulación aunque juegue con la realidad, como en el caso de Víctor Coyote. Pero en este Hotel Tierra, la manipulación no pasa, creo yo, de una necesaria cocina de unas notas escritas por aquí y por allí. Sabino Méndez no solo avisa de este proceso, sino que consigue, a lo largo de las trescientas páginas, que percibamos la evolución de la mirada del chaval de 20 años que aparece en las primeras entradas, hasta llegar al hombre adulto de cuarenta y pocos.

Y los dos rockeros tienen una ventaja más, uno, Coyote, desde una saludable desfachatez literaria, el otro, Sabino, desde un respeto, también literario. No me gusta usar esta palabra porque está más manoseada que no sé qué, pero es frescura, y es muy de agradecer leer libros con un tono diferente.

eaguirre@divertinajes.com
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