12 de junio de 2006

Qué sobrevalorado está esto del amor

Me gusta comparar la literatura con la música. Lo hago mucho en estas Erratas, sí. Pero es que no sé por qué en esa disciplina artística todos tenemos muy claras las diferencias, y a nadie se le ocurre dudar de que Bach está muy por encima de, por ejemplo, Serrat, por mucho que éste nos pueda gustar y ser un gran músico y un excelente compositor. No estoy seguro de que Mario Vargas Llosa sea equiparable, en lo suyo, a Bach, pero sí de que es un escritor de una calidad indiscutible, de esos que tienen muchas papeletas para ser todavía leídos dentro de dos o tres generaciones.

Acaba de estar Vargas unos días por Suecia (que si conferencias, que si un congreso) para meter un poco de presión a ver si los académicos de por allí se dan prisa y le conceden el Nobel de Literatura (de una vez y merecidamente, pensará seguramente él). La verdad es que es de lo poco que le falta en su currículo.

Más allá de vanidades, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo son razones suficientes para que le dediquemos al novelista de Arequipa (Perú) un espacio en nuestras bibliotecas y unas horas en nuestro tiempo de lectura.

Y también son razones para echar un ojo cada vez que publica algo nuevo y ver así qué aires trae. A veces, esos aires dan un poco de pereza; a mí me la dieron El paraíso en la otra esquina, Los cuadernos de don Rigoberto o Lituma en los Andes, por ejemplo. Quizá me perdí algu bueno, no sé.

Desde h ace unas semanas, hay un nuevo vargasllosa en las librerías, Travesuras de la niña mala (Alfaguara). A todo lo dicho, se añadió que JM me habló muy bien de la novela. Así que no me quedó otra que leerla.

No es el Vargas Llosa genial el que está en estas páginas, pero es cierto que lo menos bueno suyo es mejor que lo bueno de tantos otros. Travesuras... tiene una estupenda fuerza narrativa. La historia, más allá de que te vuelva loco o no, te arrastra cuando la lees; está muy bien contada; por supuesto, bien escrita; tiene páginas extraordinarias. Hay un guionista de Hollywood de los buenos, William Goldman, que dice que se conforma con que la gente que ha visto sus películas se acuerde de momentos al cabo del tiempo. Seguro que hay momentos en estas Travesuras... que pasarán a formar parte de nuestra memoria.

Vamos, que es una novela recomendable para leer este verano en... no sé... la playa. Que es mejor que cualquier super-ventas cursi de esos que cuelen por ahí.

Pero ahí está la parte débil de la cosa. Demasiado amor. No quiero parecer un existencialista trasnochado o un punky de aquellos que eran nihilistas sin conocer la palabra, pero esto de las grandes pasiones que centrifugan una vida, que marcan a sus protagonistas (a uno siempre más que al otro) como si de un tatuaje se tratara, que convierten a los hombres en peleles y a las mujeres en resignadas, ¿no está un poco sobrevalorado?

Lean, lean Travesuras de la niña mala y, cuando lleguen al final, piensen si están de acuerdo conmigo: este Ricardo Somocurcio es un bobón en toda regla (ya verán ustedes por qué; o por qué no).

eaguirre@divertinajes.com
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