24 de abril de 2006

Tan lejos y tan cerca, o tampoco tanto

Dennis Cooper (Pasadena, California, 1953) es uno de esos escritores que aparecen ante el lector más como el personaje construido desde la prensa (y por él mismo, claro) que como un simple creador. Así, sin su homosexualidad y sus conexiones con una cierta cultura marginal (desde le punk hasta el grunge), Cooper se entendería de otra forma. Para algunos, incluso, podría carecer de interés. No obstante, no hace falta prescindir de estas informaciones, aunque tampoco son fundamentales. Sabemos tan poco de Homero, por ejemplo.

Se acaba de publicar en español Cabos sueltos (El Tercer Nombre, con traducción de Frank Schleper). Está narrada desde la cabeza de un adolescente estadounidense que vive en una de esas ciudades medianas que tan bien creemos conocer a través del cine. Un adolescente, cómo no, rarito, que va al instituto y que se relaciona de una manera poco sana con sus compañeros, con él mismo y con su familia. El adolescente que nos cuenta la historia está un paso antes de cometer una de esas masacres de instituto que también creemos conocer de primera mano por el cine y por la televisión.

Un cabo suelto presenta las cosas sin contemplaciones, con toda la simpleza y crudeza con las que ocurren esas cosas en la realidad. Hay una sucesión de largos y atropellados diálogos (atropellados porque en la realidad todos hablamos atropelladamente) que muestran la vida tal y como es.

Hay algo en el estilo, y quizá también en la intención de este libro, que me ha llevado a pensar en otro que leí hace poco tiempo. Es la única novela del dramaturgo Harold Pinter (Londres, 1930), el último premio Nobel de Literatura.

Se titula Los enanos (Destino, con traducción de John Lyons). Es, además, uno de sus primeros textos literarios, pues aunque la publicó en 1989, tras corregirla, Pinter la escribió originalmente en los años cincuenta. Como todos sabemos (o deberíamos saber, pues para eso sirven los grandes premios, para que leamos muchas cosas de los premiados en los periódicos; lo de hacerlo con sus obras ya es otra cosa), pues, decía, todos deberíamos saber que Pinter es un autor dedicado en cuerpo y alma al teatro.

Quizá por esa pulsión teatral, este Los enanos es prácticamente un largo diáologo entre varios amigos, en diferentes momentos; un diálogo en el que nos metemos, sin tener claro quién de ellos habla, pero que no nos importa demasiado porque lo que cuenta es cómo ven el mundo unos jóvenes ingleses en los días posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando han de plantearse qué hacer con sus vidas y cómo hacerlo.

Como los personajes de Cooper, los de Pinter muestran un cierto hastío vital. Hastío que en el fondo es falso, pues no hacen sino buscar y buscar en su vida y en las ajenas algo que les sirva para estar mejor.

Los personajes de Pinter, como los de Cooper, se lanzan al sexo. Aquellos tienen que ganárselo a pulso (eran otros tiempos); éstos, lo tienen ya conquistado. pero ambos se enfrentan a él con las mismas dudas, torpezas e insatisfacciones.

Los personajes de Cooper son más básicos (léase iletrados, si se quiere), mientras que los de Pinter quieren ser (y en cierta manera los son) cultos, pero su sensación de insignificancia ante lo que les rodea, sus conflictos con los mayores (o la autoridad o lo establecido) son tan similares...

Y hay medio siglo de diferencia entre los momentos en que están redactadas ambas obras.

eaguirre@divertinajes.com
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