17 de abril de 2006

Política

Á. vive en México y es un excelente lector; y es mi primo. Hace un par de semanas, me envió la última novela de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 1946), La conspiración de la fortuna (Editorial Planeta Mexicana). Le había gustado.

Después de leerla, confirmo dos cosas: 1.- Á. sigue siendo un excelente lector (no creo que ésa sea una cualidad que se pierda); 2.- Aguilar Camín maneja como pocos las intrigas políticas en la novela (en otros terrenos se pierde un poco).

En una república latinoamericana innombrada (aunque tiene tanto de México...), Santos Rodríguez es un ambicioso político cuya carrera pública se trunca cuando estaba a punto de tocar el poder real. Uno de sus hijos, Sebastián, guiado por la razón, sigue sus pasos; otro, Salomón, guiado por los sentimientos, pone en peligro todo el entramado. Más allá de estas peripecias personales, que sustentan el armazón narrativo de manera eficaz, La conspiración de la fortuna es una reflexión sobre los interiores de la política, sobre qué ocurre cuando lo público sufre los efectos de lo personal.

No soy un gran conocedor de la política mexicana, pero sí he podido ver referencias a personas reales en algún personaje de la novela, citas de acontecimientos históricos. Aguilar Camín juega con todo ello de maravilla para crear una novela que se lee muy bien y que tiene enjundia.

Héctor Aguilar Camín, además de novelista, es historiador y está presente en los grandes medios de comunicación mexicanos mediante artículos e intervenciones de toda clase. No hay duda de que cuando habla de política, de la parte trasera de la política y de los políticos lo hace con información de primera mano.

Tiene otra gran novela de asunto político, La guerra de Galio (Alfaguara), donde se mete de lleno en las cloacas del Estado para contar, desde el punto de vista de un personaje a ratos nauseabundo, a ratos brillante, la guerra sucia (y casi fantasma) que ocurrió en México en los años setenta para luchar contra ciertos grupos de guerrilla urbana. Galio Bermúdez se llama el personaje (quien, junto a otros de esta novela, aparece ocasionalmente en La conspiración de la fortuna), es un fulano que se dedica a explicar y a justificar que ser hagan cosas al margen de la ley, de la opinión pública y de la ética básica, para lograr un objetivo que, supuestamente, redundará en el bien común. He aquí un ejemplo;Galio dixit:

"La civilización nos ha apartado del origen de nuestras pulsiones. Ha fragmentado nuestra experiencia, ha pulido nuestros modales y segregado de nuestra vista las cuestiones centrales: el amor, la violencia, la muerte. Hemos construido cuartos privados para los amantes, lugares secretos para morir y hemos echado un velo institucional sobre el origen de nuestra paz, que no es otro que la violencia ejercida contra los que la ponen en peligro: los locos, los criminales, los disidentes. ¿Dónde se administran esas segregaciones? En los sótanos. ¿Me comprende usted? Vea esa hilera de señoras que van al supermercado y ponen en su camino chuletas, costillas, filetes. ¿Cuántas podrían soportar el olor a sangre fresca de los rastros donde se preparan esas carnes? ¿Cuántas podrían soportar la mirada melancólica de la vaca a punto de ser sacrificada y presenciar sin desmayarse la escena del puntillazo sobre el animal? ¿Y cuántas podrían asistir al destazamiento, el corte de las chuletas, etcétera? ¿Cuántas de ellas o cuántos de nosotros, ciudadanos carnívoros, seríamos capaces de empuñar el cuchillo del carnicero y matar, destazar, limpiar las vacas necesarias para que haya filetes en el supermercado? Si viéramos al matarife ejecutando su labor, la gran mayoría de los que usufructuamos su trabajo, encontraríamos su oficio repugnante, inhumano, siniestro, como en efecto lo es. Pero sin ese repugnante oficio de matar y destazar vacas, no habría los limpísimos trozos de carne para uso de los limpísimos ciudadanos que aborrecen el proceso pero aman el resultado".

eaguirre@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir