13 de marzo de 2006

Para nada

Lo de no haber leído lo suficiente es algo que resulta díficil quitarse de la cabeza. No hay manera de abarcar a los contemporáneos y a los más o menos clásicos; no hay manera de estar al día y de cubrir lagunas; no hay manera de conciliar lo que te apetece leer con lo que debes (o crees que debes) leer (que no quiere decr que no te apetezca: ustedes ya me entienden).

Así, de repente un día te topas con una novela de la que has oído hablar, de un autor que sabes que concita unánimes alabanzas, pero que no has leído (ni el libro ni nada de ese escritor: que me hablen a mí de lagunas).

Eso me ha pasado con El desierto de los Tártaros, del italiano Dino Buzzati (1906-1972), que acaba de reeditar Gadir (una de las editoriales consideradas pequeñas más interesantes de las surgidas en los últimos tiempos), con un mini prólogo de Jorge Luis Borges (y la traducción de Carlos Manzano).

Escribe Borges: "Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos [...]. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología. Hay, sin embargo, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati". Y escribe, también, que este libro, El desierto de los Tártaros, quizá sea su obra maestra.

Efectivamente, es una novela estupenda, cautivadora, desesperanzada.

Hay una fortaleza, en el límite de un desierto, al norte del país en cuestión. El enemigo potencial vendría (atacaría) por allí. A ese destino llega un joven oficial, recién salido de la escuela, Giovanni Drogo. Nada más poner el pie en la fortaleza nota que allí se va a ahogar y decide regresar a la ciudad. Le piden que espere un tiempo y... pasarán 30 años. No porque le hayan retenido allí, sino porque la fortaleza ejerce una atracción muy fuerte para los que la moran.

No se trata de que les ocurra lo mismo que a aquellos invitados a una fiesta que se sienten incapaces de traspasar las puertas del salón, como en El ángel exteminador, la película de Luis Buñuel, ni hay extrañas fuerzas ocultas, ni nada parecido.

La fortaleza (así lo he visto, en parte) viene a ser una metáfora de la vida, de la vida más bien normal, a la que, con un objetivo tirando a inalcanzable o, al menos, de muy dificíl consecución, nos quedamos todos cómodamente enganchados. El peligro de esa acomodación es que el objetivo se acerque un día y no podamos vivirlo o no sepamos. Entonces, toda esa vida esperando no habrá servido para nada.

eaguirre@divertinajes.com
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