6 de marzo de 2006

Adiós fronteras

No sé si es bueno o malo saber siempre qué estas leyendo. A veces está clarísimo: esto es poesía, esto es una crónica de viaje, esto es un ensayo filosófico. Pero cada vez más, te pones a leer un libro creyendo que es tal cosa y a medida que pasas las páginas es otra; empiezas pensando que es ficción, para luego encontrarte con hechos reales. Así que da un poco igual que sea bueno o malo saber qué genero se tiene entre las manos, pues esas fronteras están cayendo.

En principo, Pégate un tiro para sobrevivir, de Chuck Klosterman (Reservoir Books, con traducción de Joan Trejo) es la crónica de un viaje por Estados Unidos de un periodista musical de la revista Spin (el tal Chuck), en 2003 (el tipo tenía treinta y pocos años), en busca de los lugares donde murieron algunas estrellas del rock, para hacer un reportaje.

Algo de eso hay en el libro de marras, claro, pero según lees, el narrador va contando historias que tuvo y tiene con tres chicas a las que no se les puede llamar novias; reflexiona, como si lo hiciera en voz alta, sin que el lector estuviera presente, sobre aspectos de ciertos bares o gasolineras del país; se dirige al lector, ahora directamente, para contarle no sé qué noche que se tomó unas copas con un antiguo amigo y otros periodistas musicales (de pueblo, es que él viene de Nueva York)... Así que no sabes cómo calificar lo que lees. Adiós fronteras.

Parece ser que Klosterman ha tenido mucho éxito con un par de libros anteriores (uno de artículos y otro sobre heavy metal) y algunos de los santones de la literatura enrollada made in USA (del estilo de Bret Easton Ellis o de Douglas Coupland) hablan maravillas de él. La verdad es que este libro tan americano, tan moderno aparentando que no quiere serlo, tan de la cultura del rock (y no solo en el aspecto musical) está bastante bien

(Sí, ya sé que decir/escribir "bastante" es una bobada, pero me parece que es por aquello de que utilizar "muy" demasiado a menudo...)

Hace unos días un amigo ha cumplido años, una de esas cifras que por la tontería de terminar en cero parece que obligan a pensar más de lo normal en eso de que cómo pasa el tiempo y bla, bla, bla. El caso es que será que tengo lo de la edad en la cabeza, pero he caído en que estoy empezando a leer muchos libros de escritores más jóvenes que yo.

Sí, hasta hace unos años, era raro que quien estuviera publicando fuera más joven. Hombre, si leía los versos de Rimbaud escritos de jovenzuelo, pues no, pero es otro asunto, me refiero a mis coetáneos.

Y aquí este Chuck Klosterman cuenta cosas de su infancia, por ejemplo, hace alusión a no sé qué concierto o a no sé qué acontecimiento que pasó en el mundo, que resultan que yo viví ya como un casi adulto... Hace un tiempo, un escritor español, nacido a mediados de los años sesenta, me contó cómo le había llamado la atención que dos chicas que le pidieron que les dedicara un libro hubieran nacido en 1980. ¡Yo ya escribía en el 80!, me dijo.

eaguirre@divertinajes.com
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