2 de enero de 2006

Cuando un premio es útil

Te enteras de que el Premio Herralde de Novela de este año, el que da la editorial Anagrama, se lo ha llevado un escritor que se llama Alonso Cueto con un libro titulado La hora azul.

No conoces a Alonso Cueto. Ves el libro en una librería y lees que se trata de un novelista peruano (Lima, 1954), autor de un buen número de obras literarias en su país, de quien han hablado bien sus compatriotas Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique. Sigues leyendo y el argumento de La hora azul te llama la atención. Lees un poco más y descubres que Cueto ya había publicado, recientemente, otro par de novelas en España: Deseo de noche (Pre-Textos), en 2003, y Grandes miradas (Anagrama), a principios de 2005.

Y te lanzas a la lectura de La hora azul...Después de haber pagado en la librería, claro.

Lima, en la actualidad. Un abogado rico, de una buena familia, con una mujer ideal, con unas hijas perfectas, con una vida envidiable, pierde a su madre, separada casi desde el principio de su matrimonoio de su padre, un militar, un tipo que también ha fallecido y con quien el protagonista apenas tuvo relación. Entre los papeles maternos, una carta le lleva a recordar un encargo de su padre en el lecho de muerte, que buscara a una mujer en la región de Ayacucho.

Ayacucho fue la zona donde se desarrolló uno de los movimientos terroristas más sanguinarios y absurdos de la historia de América Latina, Sendero Luminoso, comandados por un iluminado llamado Abimael Guzmán. Allí se produjo una tremenda guerra sucia entre ejército y terroristas durante los años ochenta.

Este es unos de los destinos del viaje que emprende en su búsqueda el abogado pijo, para descubrir cosas que desconocía y que no le gustan de su país, de su padre; para darse cuenta de que vive ya no al margen sino en paralelo a la mayoría de los habitantes de su país; para enterarse de que la miseria no es una circunstancia sino una muesca más del ADN de millones de personas.

Tampoco se debe decir más, solo que Cueto sabe contar muy bien una historia.

De manera que te pica el interés y te lanzas a por las otras novelas.

Y en Grandes miradas vuelves a encontrate con un trasfondo de actualidad política. Aquí, la narración late en las mismísimas cloacas de un poder casi absoluto, dictatorial y traidor, como fue la presidencia de Alberto Fujimori, cuando decidió dejar de respetar la democracia que le había dado el gobierno (frente a Vargas Llosa: curiosidades literarias...) y otorgó un poder siniestro y enorme a un criminal llamado Vladimiro Montesinos.

Grandes miradas está en la tradición de las novelas de dictadores, un auténtico género latinoamericano: Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos; Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa (aquí a aparece otra vez), por ejemplo.

Y Grandes miradas, por compararla con la más cercana, no tiene nada que envidiar a aquella magnífica Fiesta del Chivo.

Sigues y pasas a Deseo de noche. Aquí prima el género negro: un crimen, una mujer misteriosa, un pardillo al que enreda... Cien estupendas páginas.

Y Lima al fondo. En las tres historias, la ciudad no es únicamente el escenario, pues casi nada de lo que allí ocurre sería como es si no estuviera pasando en Lima.

Sí, los premios literarios suelen ser una filfa, pero con un un par de ellos al año que, como en este caso, te permitan descubrir un buen escritor y alguna buena novela, te darías por satisfecho, ¿verdad?

eaguirre@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir