28 de noviembre de 2005

Otra manera de mirar a América

Fue Ana quien me habló por primera vez de John Cheever.

Es una de las mejores maneras de acercarse a un libro o a un autor: que alguien en cuyo criterio confías te recomiende una lectura; no tiene por qué gustarte necesariamente, pero casi siempre tienes que reconocer (si de verdad valoras su gusto literario) que la recomendación es buena.

En el caso de Cheever, no solo era buena la recomendación, en cuanto a que se trata de un escritor al que, por lo menos, hay que echar un ojo, sino que su literatura es fantástica y a mí me ha enganchado.

Nacido en 1912 y muerto en 1982, Cheever cultivó, sobre todo, el relato, que publicó de manera asidua en la revista The New Yorker. Ganó el Pulitzer y llegó a ser portada de la revista Time en 1977. Esto para situarse.

Lo primero que leí de John Cheever fueron dos novelas protagonizadas por la familia Wapshot: Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot (ambas publicadas por Emecé y traducidas por Maribel de Juan): son raras para lo que estamos habituados a leer procedente de Estados Unidos; son más raras todavía si pensamos que están escritas en los años 50; son estupendas.

De ahí pasé a sus relatos de La geometría del amor (Emecé, con traducción de Aníbal Leal e introducción de Rodrigo Fresán). Me atrevo a decier que son incluso mejores que las novelas citadas. Hay uno que es famosos porque dio lugar a una no menos famosa película, El nadador (filme y relato comparten título) protagonizada por Burt Lancaster...

Cheever demuestra que no es necesario moverse en los extremos (lumpen o clase alta; medio rural o extremadamente urbano; intelectuales y artistas o analfabetos funcionales) para narrar lo que les ocurre a las vidas de gente normal que vive de manera normal en barrios normales... pero tras cuyas puertas esconden secretos e historias que dan para mucha literatura.

Luego llegué a sus Diarios (otra vez en Emecé: editados por Robert Gottlieb; traducidos por Daniel Zadunaisky; con notas de Rodrigo Fresán). Y aquí nos encontramos con una personalidad compleja, cuya vida no fue fácil ni común. Hay alcoholismo; hay una sexualidad peculiar; hay movidas familiares; hay una historia de un tipo, tan apasionante como la literatura que escribió.

Ahora se han publicado otra dos novelas (también en Emecé, y hay una antología de cuentos en camino para 2006). Una es Falconer (traducida por Alberto Coscarelli), la otra, Esto parece el paraíso (traducida por Claudia Conde). Las dos están, me parede a mí, a la altura de todo lo arriba citado. Me inclino un poco más por Falconer, la historia de un profesor que ingresa en prisión (Falconer es el nombre del penal) por haber matado a su hermano, y que se mete por los vericuetos de lo que un hombre pasa en la cárcel y que plantea los caminos de la redención, la personal no la social o legal. Es una de esas novelas cuya lectura te remueve algo en la cabeza. Y las dos llevan novelas sendos epílogos de Rodrigo Fresán.

"Ya está bien", podría decirme alguno de ustedes, "¿quién narices es este Fresán?".

Rodrigo Fresán es un escritor argentino, pero yo creo que sería mejor definirle como un magnífico lector argentino. Reconozco que lo que he leído de él no me ha emocionado especialmente, pero sí que me lanzo de cabeza cada vez que leo en algún periódico o revista que recomienda o habla bien de algún libro o de algún autor. En el caso de John Cheever, los textos de Fresán que aparecen en las ediciones españoles de sus relatos y novelas resultan esclarecedores e impecables. Vamos, que hacen que esta Errata sea prescindible. Qué se le va a hacer.

eaguirre@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir