21 de noviembre de 2005

Vida eterna

A estas alturas, Michel Houellebecq se ha convertido en uno de esos escritores sobre los que ya todo el mundo opina, lo que no quiere decir que se haya leído tanto (me refiero a España, porque en Francia, desde luego domina el mercado: como si de un futbolista se tratara, su traspaso de editorial ha costado algo más de un millón de euros). Es curioso, por estos pagos las peores críticas a su nueva novela, La posibilidad de una isla (Alfaguara, traducida por Encarna Castejón), le han llegado de los críticos más mediocres, mientras que los que más (y mejor) saben, más allá de que les guste, reconocen que aquí hay literatura.

Polémico, provocador, pedante, raro... De Houellebecq ya se conocen estas peculiaridades. Quien quiera saber más puede recuperar una Errata antigua a propósito de su anterior novela, Plataforma, o pasearse por una u otra de sus dos páginas web, o echarle un ojo a un número especial que la revista francesa Les Inrockuptibles le dedicó, íntegro, hace unos meses, pero que aún se puede encontrar. Y menudo número. Ante la publicación de la novela de la que nos estamos ocupando, en esta revista han recuperado todas les entrevistas que le han hecho al escritor durante los últimos años, las reseñas de sus libros (incluso del disco que Houellebecq grabó, escribiendo letras y cantando, con el músico Bertrand Burgalat, Présence humaine), así como textos del novelista para Les Inrockuptibles y muchas más cosas. Una maravilla. Se permiten el lujo de regalar un DVD con la entrevista que abre la revista filmada, con sus silencios y sus dubitaciones, acompañada de un cortometraje erótico dirigido por el escritor.

Pero vayamos a la novela. David es un cómico de éxito que nos cuenta su vida. En un momento dado entra en contacto con una secta que cree en la vida eterna mediate la clonación. Unos chalados de esos que tanto abundan en la actualidad. Intercalado con el relato de Daniel (denominado Daniel1 por ser el origen de una cadena de clones) aparecen los textos de otros dos danieles, el 24 y el 25, a través de cuyos comentarios nos vamos dando cuenta de qué va eso de la vida eterna.

¿Ciencia ficción? Pues no, ya que casi todo lo que aparece en estas páginas no solo es verosímil sino que existe (la relación entre los elohimitas, así se llama la secta de la ficción, y los raelianos de la realidad es evidente). Con la excusa de la posible vida eterna, Michel Houellebecq está hablando en esta novela de uno de sus temas habituales, por no decir de su único tema: la crisis del hombre (el de sexo masculino, no el hombre en general) occidental que va cumpliendo los 40, los 50, los 60... Parece que ha encontrado (y no le faltaría razón) en ese modelo el don Tancredo de todos los males contemporáneos. Don Tancredo, ya saben, era (no sé si seguirá siendo) un personaje que aparecía en determinados festejos taurinos y que se quedaba quieto-quieto ante el toro que corría por la plaza.

Sí, mientras la mujer ha seguido buscando un lugar, su lugar, durante este siglo XX, en el hombre se han cebado (por su culpa, pero se han cebado) los cambios de las conductas sexuales, de las estructuras sociales, del mercado laboral, del mundo de la creación... A pesar de su posición, todavía preponderante, el hombre houellebecquiano es un pringao al que la sencilla belleza de una veinteañera, por ejemplo, le lleva a cuestionarse verdades que creía asumidas, llevando al extremo un ombliguismo absurdo, intentando remodelar su vida, cuando ya es tarde: lo sentimos amiguito. Pero al cuestionarse desde su tremendo ego, este tipo está levantando la alfombra de la civilización occidental y descubriendo una gran cantidad de mierda. Houellebecq habla de todo lo que hemos dicho, y habla también de cómo va el mundo... Es llamativa (para nosotros) su percepción de España y de los españoles (el protagonista vive en San José, Almería, y los de la secta tienen una cierta querencia por Lanzarote). Es llamativa la historia, contada casi mil años después, de cómo las grandes religiones fueron haciendo aguas a favor del nuevo credo sazonado de vida eterna y de clones y de renuncia a las estructuras vitales que conocemos.

La posibilidad de una isla es una novela de esas que llaman de ideas, con referencias científicas a veces un poco farragosas; sin embargo es entretenida (como las novelas anteriores de Houellebecq), lo que no sé si es un valor literario de primera magnitud, pero que, en estos casos, me parece que demuestra que por ahí detrás hay un escritor bueno. Un pro-fe-sio-nal, vamos.

eaguirre@divertinajes.com
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