10 de octubre de 2005

El orgullo de la rendición

Casi todo resulta poco habitual en este libro. Su autor, Alberto Méndez, tenía 63 años cuando lo publicó; era su primera obra. Se trata de cuatro relatos agrupados bajo el título Los girasoles ciegos (Anagrama), que giran alrededor de la resaca de la Guerra Civil española, y que ofrecen cuatro visiones muy diferentes de la derrota, todas ellas unidas por algo parecido a la rendición.

No llevaba un año el libro en la calle (y con buenas ventas y mejores críticas) cuando Alberto Méndez murió. Se dijo que podría tener una novela medio escrita... pero lo cierto es que por ahora lo único que podemos disfrutar suyo son estos Girasoles ciegos, que acaban de obtener el Premio Nacional de Narrativa. No lo había leído, a pesar de que esos amigos de los que te fías para estas cosas me habían hablado bien de él, así que he aprovechado la actualidad renovada por este premio para hacerlo y contárselo a ustedes.

Además de la derrota y la rendición, no desvelamos gran cosa si decimos que la muerte es la coprotagonista de cada uno de los relatos. Cómo no iba a ser así, cuando de la Guerra Civil se trata, aquel estúpido enfrentamiento en el que matar y destruir interesó más que vencer. De eso habla el primer texto, "Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir", donde un militar del bando franquista (los rebeldes, no nos olvidemos) decide rendirse a los republicanos a pocas horas de la victoria total ("Cautivo y desarmado el ejército rojo...") de los suyos. Y le siguen otras tres derrotas, en los años 1940, 1941 y 1942: una materializada en el intento de huída del país ya convertido en una dictadura; otra vivida en la cárcel, entre parodias de juicios, condenas a muerte, imposturas heroçícas y convivencia con otros vencidos; la última, entre la axfisiante vida cotidiana del nuevo régimen (apestoso desde su nacimiento) y el encierro, la ocultación, el miedo.

Son ciento cincuenta páginas. Se leen con una facilidad que contrasta con el mazazo que suponen cada una de las historias. Duras, crueles, pesimistas, desesperanzadas... Valen todos estos adjetivos y algunos más, como por ejemplo realistas. Tengo la sensación de que a partir de ahora, cuando piense en la posguerra de los años cuarenta o en la represión franquista, serán estas vidas, estas experiencias las que me vengan a la cabeza y me sirvan de ejemplo irrefutable de aquel tiempo; y no será porque no conocemos todos historias verídicas.

Hay una cierta estética del perdedor en estas páginas (esa cosa a veces tan molesta por manida), pero que se compensa con el orgullo de esas rendiciones. No están orgullosos sus protagonistas, si no que están presentados con actitud orgullosa, y así lo percibe el lector.

eaguirre@divertinajes.com
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