5 de septiembre de 2005

Pasaron treinta años

Me gusta leer en la playa. Han de cumplirse algunos requisitos, eso sí: un cierto silencio (dífícil, pero no imposible: con que no haya un griterío de feria valdrá); una sombra; un respaldo (o similar); el mar al frente no hace falta ni mencionarlo, claro; unas cuantas horas por delante. Con todo ello, se lee más y mejor, al menos yo, y suelo volver de las vacaciones con algunos libros calentitos en la cabeza; casi siempre esos libros a los cuales durante el invierno no he tenido tiempo o posibilidad de hincarles el diente, o lecturas in-dis-pen-sa-bles que todavía no he hecho (son taaaaaantas).

Una de estas mañanas de agosto (no hacía demasiado calor) abrí Los que cruzan el mar (Pre-Textos). No conocía a su autor, José Carlos Cataño (La Laguna, Tenerife, 1954); apenas supe, por la información de la solapa, que se trata, fundamentalmente, de un poeta, con poco obra publicada, entre ella un par de novelas. Sí era consciente de que me enfrentaba a un diario, de más de cuatrocientas páginas, que abarcaba los treinta años transcurridos entre 1974 y 2004.

Las entradas de este dietario son cortas (las de mayor extensión no van más allá de media página). En su mayoría, son reflexiones sobre la vida, sobre el arte y sobre el propio autor. Los rasgos biográficos casi no existen, o al menos no existen en el sentido más descriptivo. Sí sabemos que estas anotaciones comienzan cuando un recién estrenado veinteañero deja su isla natal para marchar a Barcelona a estudiar. Sabremos de la muerte, prematura, de su madre, y de la de su padre, años después; conoceremos que la relación con su progenitor no fue buena. Leeremos que cayó un premio literario por aquí, un trabajo como profesor por allá, unas dificultades económicas casi todo el tiempo. Hay viajes y mujeres y alcohol. Descubriremos, de repente, que el autor se convirtió en algún momento al judaísmo y que tuvo una hija. Asistiremos a una relación intensa y molesta pero inevitable con su isla; con las islas. Veremos pinceladas de la actualidad. Hay opiniones contundentes y dudas razonables. Hay amigos.

A medida que se avanza en la lectura de estas páginas, avanzamos por la vida de Cataño, sin duda, pero resultaría muy difícil, quizá imposible, elaborar su biografía a partir de este texto.

Se habla a menudo de la mirada de los escritores, de ese punto de vista para percibir y para contar las cosas que convierte a un narrador en bueno, en genial o en deplorable (los mediocres ni siquiera tienen mirada). Pues bien, lo que se descubre durante el paseo de treinta años de Los que cruzan el mar es, precisamente, la mirada de José Carlos Cataño. Habrá que leer otras de sus obras para confirmarlo, pero me atrevo a decir que esa mirada está aquí, en unos escritos creados a medida que su autor maduraba, vivía, sufría, crecía, luego revisados, expurgados y podados para ser publicados. Tiene este libro algo de una vida presentada desde dentro, a la vez que es una crónica de la conformación de un escritor y el testimonio de una nostalgia por una (por unas) isla. Y he tenido la suerte de leerlo en otra isla.

 

eaguirre@divertinajes.com
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