9 de mayo de 2005
Nietos de la "Grandeur"

Parece ser que las antaño repletas aúlas de los centros de la Alliance Française repartidos por el mundo están vacías. La gente no quiere aprender francés. Hasta debajo de las piedras aparecen, ahora, intelectuales (¡ejem!) y listillos varios que aprovechan cualquier ocasión para reirse de Francia, de su cultura (la actual; por el momento no se atreven a más, pero ya llegarán) y de los restos de aquellas ínfulas que tomaron el nombre de Grandeur (grandeza), tras las cuales este país se presentó ante el mundo durante muchos tiempo; y el mundo lo aceptaba.

José María es un amigo de esos sensatos, con los que que a veces da un poco de rabia discutir, porque te rebate tus opiniones con argumentos meditados, sin decir bobadas; y es capaz (no se lo van a a creer, pero hay gente así), y es capaz, digo, de callarse si no sabe algo o si no le ha dedicado un rato de reflexión. Impresionante, ¿no? El caso es que el otro día estábamos hablando de esa reunión de ochocientos intelectuales que ha organizado el presidente de la República francesa Jacques Chirac. Efectivamente, todo muy vacío aunque muy vistoso. "Antes", me explicaba JM, "los pintores ylos escritores iban a París; ahora incluso los creadores franceses peregrinan a Nueva York" .

Y seguía: "¿Dónde están el Philip Roth o el Martin Amis franceses?".

Para contestar a eso habría que conocer muy bien lo que se está escribiendo en Francia, y es muy probable que no existan tales autores; como quizá tampoco existan en España. De todas formas, entre lo que se traduce al español en los últimos años, hay algunas novelas, algunos escritores que se merecen una lectura. En esta Errata ya han estado de visita Amélie Nothomb o Michel Houellebecq o Tonino Benacquista o Mahi Binebine (es marroquí pero ha vivido en París mucho tiempo). Todos ellos tienen algún libro verdaderamente interesante o, incluso, un planteamiento literario en apariencia sólido, con cosas que decir y todo eso. Supongo que habrá que seguir rastreando y, además, creo que habrá que admitir que el tiempo de la civilización francesa ya pasó, que por mucha excepción cultural y muchas ganas de querer seguir siendo una referencia no parece que tengan mucho que pitar.

Conformémonos, pues, con obras concretas, como Que nos juzguen los perros, si pueden (Anagrama, con traducción de María Teresa Gallego Urrutia), de un joven escritor, Paul M. Marchand (el de las fotos que acompañan este texto). Tras tan sugerente título (bueno, a mí me lo parece) se esconde una novela de amor, de un amor que se balancea sobre los límites del último tabú occidental, el incesto. El libro es algo así como un monólogo de Sarah, una joven que conoce a su padre cuando tiene diecisiete años; él, de treinta y ocho, nunca supo que tenía una hija, hasta que se encuentra con ella. Y se enamoran, y viven este amor con todas las complicaciones que una relación incestuosa implica.

Paul M. Marchand es periodista y ha sido corresponsal en alguna de las últimas guerras. Tiene, además, un par de novelas a sus espaldas, anteriores a esta Que nos juzguen los perros, si pueden. Es casi seguro que no es un nuevo Martin Amis; será mejor que no esperemos que su pluma dé a luz un Submundo, como el de Don DeLillo; por no hablar de Proust o de Flaubert. Los último coletazos de la Grandeur los vivieron sus abuelos, pero este Marchand tiene pulso de novelista, y lo demuestra metiéndose en este berenjenal de sentimientos, pasiones y convenciones morales, del que sale bastante bien parado, porque no se limita a narrar correctamente una historia, sino que plantea, a medida que avanza, una cuestión a la que el lector debe (bueno...debería, que tampoco hay que ponerse a exigir, que con leer a veces ya es bastante) dar una respuesta
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eaguirre@divertinajes.com
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