25 de abril de 2005
Una monja lleva a otra monja

Mariana Alcoforado (1640-1723), Catalina de Erauso, la Monja Alférez (1592-1650), Sor Juana Inés de la Cruz (¿1646?-1695). Portuguesa, española y mexicana (novohispana sería más correcto). Las tres fueron monjas y las tres escribieron. La lectura de la supuesta (enseguida me explico) obra de la primera me ha llevado a acordarme de las otras dos. Una monja lleva a otra monja.

El libro de Mariana Alcoforado, Cartas de una monja portuguesa (El Acantilado, con la traducción de Enrique Badosa) contiene cinco misivas que esta joven del convento de la Concepción de Beja (Portugal) escribió a un militar francés, el conde Chantilly, quien la había enamorado, seducido y abandonado. Son textos con todos los tópicos del amor sufriente, del enamorado que parece disfrutar más con el abandono, los celos y el dolor que con cualquier otra cosa. Al parecer la autoría no sería de la monja sino de un tal Gabriel-Joseph Guilleragues, secretario de Luis XIV quien debió de conocer la historia (ésta sí, real) y compuso los cinco textos. A nosotros, lectores, nos da un poco igual, porque el librito es un especie de miniatura de sentimientos que está muy bien, con esa religiosa que parece estar a punto del desmayo en cada línea que escribe

Y, tras esta lectura, me acordé de otro libro corto cuya autora es también una monja, quien de haberse desmayado al escribirlo, habría sido por agotamiento tras un largo viaje o por una herida sufrida en un duelo.

Donostiarra, Catalina de Erauso es la responsable de la azarosa vida que dio pie al libro Historia de la Monja Alférez escrita por ella misma (hay una edición en Hiperión y otra en Cátedra). La obra es una auténtica novela de aventuras, pues la moza se recorrió la América del Sur de principios del siglo XVII, espada en mano, metiéndose en todos los jaleos posibles. De religión y todo eso habla más bien poco en el libro, que puede ser pura ficción o una montaña enorme de embustes y exgaraciones, o bien puede ser la crónica de una vida excepcional; en cualquier caso, un ejemplo fantástico de literatura picaresca. Catalina es todo lo contrario a Mariana, la portuguesa, en su caso los sentimientos son básicos y reposan en la supervivencia. A las vueltas y vueltas sobre su desgraciado amor de Mariana Alcoforado se oponen las frases cortas y cortantes de la Erauso, una Hemingway avant la lettre que tiene muy claro lo que quiere contar y no que no pierde el tiempo en descripciones: acción, acción y más acción... Qué buena guionista cinematográfica hubiera sido.

Y la tercera monja es sor Juan Inés de la Cruz, un pedazo de escritora, difícil es verdad, autora de unos versos famosos de corte feminista (es una chorrada calificarlos así, pero algo tienen), aquellos que decían... "Hombres necios que acusáis...", y de una espectacular literatura. Sus obras completas están publicadas por el editorial mexicana Porrúa, y su lectura es un viaje extraño (extraño para nosotros, acostumbrados a lo que se escribe en estos tiempos) al siglo XVII, al Barroco americano, a una sociedad en la cual una mujer con inquietudes intelectuales debía optar por el convento. Para conocer a sor Juana, para valorar su importancia literaria, hay que acercarse a un ensayo (difícil-difícil, también) que le dedicó Octavio Paz: Las trampas de la fe (Seix Barral).

Empezamos por lo cursi, seguidos por lo macarra y terminamos por lo erudito. No se tomen estos términos al pie de la letra... Pero dan una idea.

 

eaguirre@divertinajes.com
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