4 de abril de 2005
Qué pasa en Finlandia

Diego Marani no tiene pinta de finlandés. Tampoco sé si los finlandeses tienen una pinta muy definida, pero es fácil imaginarlos tirando a rubios y grandones. Marani no tiene pinta de finlandés porque no lo es, porque nació en Ferrara (Italia), en 1959.

Lo de ser o no ser finlandés es una broma que surge de la lectura de sus dos primeras novelas, que son las dos que se han publicado, por ahora, en España. Lo ha hecho una editorial relativamente nueva, Gadir. Los libros se titulan Memoria callada (en italiano es Nueva gramática finlandesa) y El último vostiaco; ambas han sido traducidas por Ángel Sánchez-Gijón.

Diego Marani es traductor e intérprete. Desconozco cuántas, pero seguro que domina un buen puñado de lenguas. En las dos novelas que he leído la protagonista es la lengua; más exactamente, el finlandés.

En El último vostiaco, una lingüista rusa descubre al único hablante vivo del vostiaco, un idioma que, dadas sus características fonéticas, demostraría la conexión entre el gran tronco lingüístico ugrofinés y los idiomas hablados por algunos indios norteamericanos. Por otro lado, un profesor finlandés, de pensamiento pseudofascista, defiende la preponderancia de la civilización surgida de esas lenguas ugrofinesas. Para él, la existencia de ese lazo con los indios supondría el derrumbe de una utopía imperialista. Con humor (negro) y habilidad, Marani resuelve esta trama.

En Memoria callada, un hombre pierde eso, la memoria, durante la Segunda Guerra Mundial. Lleva un chaquetón de la marina finlandesa con un nombre marcado, por lo cual un médico de esa nacionalidad residente en Alemania se hace cargo de él, procura volver a enseñarle su idioma y le manda a su país de origen, donde el herido va avanzando en el recuerdo de su supuesto pasado, de sus supuestas raíces. No hace falta decir mucho más para saber por dónde pueden ir los tiros, ¿no?

Ambas novelas hablan de la identidad, de cómo los referentes fundamentales en muchas vidas se basan en la manera en quellamamos a las cosas o en las palabras que conocemos para denominar algo muy concreto. Pero también habla de los peligros de la exaltación de esas lenguas como algo místico, trascendente, defendibles por encima de sus hablantes e, incluso, por encima de la realidad que ayudan a definir. Ése profesor que ve el destino de una civilización determinado por el origen de lo que hablan está creyendo, sin decirlo, en una superioridad racial, una superioridad basada no tanto en cuestiones físicas sino en cómo se pronuncia un determinado sonido, por ejemplo, o en la antigüedad de lo hablado, frente a las lenguas de los vecinos. En España sabemos algo de eso de defender la trascendencia de las lenguas.

Marani hace gala de sentido del humor en El último vostiaco, como lo hizo al inventarse una parodia del Esperanto (aquella lengua que se suponía daría lugar al entendimiento universal, pues, entre otras cosas, está formada por palabras y reglas gramaticales de aquí y de allá). La suya se llama Europanto, y una visita a su página web www.europanto.contagions.com es muy recomendable.

eaguirre@divertinajes.com
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