21 de marzo de 2005
Necesidad de escribir

Quizá haya suerte y se acuerde poca gente, pero hace unos años, en España, una presentadora de televisión publicó un libro, que resultó ser un plagio de otras novelas preexistentes y ella, para arreglarlo, dijo que era culpa de su negro, uno de esos tipos que escriben algo para que luego otros, en general de más fama, lo firmen.

Pasa con discursos, artículos, etc., y no tiene demasiada importancia (allá cada cual). Pero claro, usar un negro para hacer literatura de ficción, algo que se supone surge de una íntima pulsión, de una necesidad incontenible de contar algo, eso es peor.

Por aquello días del escándalo (escandalete, más bien), un amigo que anda metido en faenas editoriales me hizo una reflexión curiosa: "Por qué a todo aquel que alcanza cierta notoriedad le da por escribir un libro y no por componer una ópera o crear una escultura".

Es verdad, ¿qué tiene la literatura que nos atrae tanto? Unos leemos, otros se empeñan en escribir, en contar cosas. Semejante deseo no es malo. Al contrario, gracias a él hay por ahí grandes obras. Una vez, en esta Errata hablamos de Stephen Fry, un actor inglés que cuando toma la pluma crea novelas muy estimables.

Y acaba de aparecer otra de estas joyitas. Su autor, como han podido deducir por la la foto que encabeza este texto, es Steve Martin (Waco, Texas, 1945), el protagonista de una larga serie de películas cómicas estadounideneses, algunas realmente prescindibles. Es un tío curtido en los escenarios de bares y clubes, donde debía presentarse armado de un micrófono y de un texto bien hilvanado con el que soprender y hacer reir a los parroquianos. El tío ha escrito muchos relatos (publicados a menudo por The New Yorker) y en 2000 se lanzó a probar suerte con una novela, que hace unos meses se ha publicado en español: Shopgirl (Circe, con traducción de Aurora Echevarría).

En 160 páginas, Steve Martin plantea una historia sencilla y deliciosa, narrada con muchas elipsis y elusiones, escrita con una profundidad sentimental llamativa y con dos personajes principales, Mirabelle y Ray, con los cuales el lector puede ir identificándose a ratos con uno, a ratos con otro. Ya sé que esto suena a tontería, pero ocurre durante la lectura, qué se le va a hacer. La trama es sencilla: Mirabelle tiene 28 años y trabaja de dependienta en unos grandes almacenes de Los Ángeles; tendente a la depresión, dibuja y vive como a cámara lenta. Ray es un rico de Seattle, de unos cincuenta, que quiere seducir a la chica. Shopgirl cuenta esta historia de amor, peculiar al mismo tiempo que tan normal como todas las historias de amor del mundo. Se lee de maravilla.

Está bien eso de que la gente tenga necesidad de escribir.

eaguirre@divertinajes.com
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