14 de febrero de 2005


La memoria de los secundarios

Así terminaba una Errata en septiembre de 2003:

"El próximo libro de Ignacio tratará de José Robles Pazos, traductor de John Dos Passos, que se enroló en el bando republicano durante la Guerra Civil, que fue destinado como traductor de los soviéticos y que desapareció... Tiene buena pinta".

"Ignacio" era (es) Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), un notable escritor, un tipo con una carrera literaria impecable; en aquel septiembre de 2003 hablábamos aquí de El tiempo de las mujeres, un estupenda novela. ¿Me estoy pasando de entusiasta? Pues acabo de cerrar ése libro que tenía "buena pinta", titulado Enterrar a los muertos (Seix Barral) y me ha encantado.

Enterrar a los muertos cuenta un episodio terrible de la Guerra Civil española, terrible porque no fue sino uno más de una larga lista de otros crímenes que, cuando las víctimas fueron personas más o menos anónimas o sin amigos que pudieran darle publicidad, cayeron en el olvido. Y terrible porque hubo en aquella guerra una corriente dictatorial que tracionó unos ideales, hasta hoy considerados como absolutamente legítimos por una mayoría, que se impuso con métodos inmorales y que quedó silenciada durante muchos años.Enseguida me explico.

José Robles Pazos era un estudiante de origen gallego que vivía en Madrid. Conoció al escritor estadounidense John Dos Passos (1896-1970) en un tren rumbo a Toledo, en 1916. Aquella amistad desembocaría, entre otras cosas, en el traslado de Robles a Estados Unidos, como profesor de la Universidad Johns Hopkins o en la traducción que éste hizo de la gran novela de Dos Passos, Manhattan Transfer (su mujer, Márgara Villegas, traduciría Rocinante vuelve al camino).

Como tantos otros, Robles se ilusionó con la proclamación de la II República.

El golpe de Estado de Franco, Mola y demás patulea sorprendió a José y a Márgara (y a sus hijos Francisco, familiarmente llamado Coco, y Miggie) de vacaciones en España. Entonces empezó la tragedia. Robles se comprometió con el gobierno legítimo y trabajó de traductor para Vladimir Gorev, un consejero militar soviético. En Valencia, donde se trasladó la capital republicana oficial, José Robles fue detenido y desapareció... No hay suspense posible (y no es necesario para la lectura del libro de Martínez de Pisón): se lo cargaron los de su propio bando (por llamarles de alguna forma). No había hueco más que para la obediencia ciega.

Dos Passos llegó a la España en guerra (un país que conocía bien) con un proyecto documental junto a Ernest Hemingway. Por supuesto, se interesó por la suerte de su amigo.

Y esto es lo que cuenta Pisón, el proceso de desencanto que acompaña el descubrimento o, al menos, la intuición de lo ocurrido. Se trata de la decepción de un hombre de izquierdas ante el comportamiento de ciertos comunistas manejados desde el Moscú de Stalin; la traición (a veces simple incomprensión, aunque no por ello menos culpable) de los amigos, el deterioro de un ideal forzado desde el exterior.

No es la primera vez que se cuenta el intento de aniquilación por parte del Partido Comunista (el ortodoxo) de anarquistas y troskistas durante la guerra: Homenaje a Cataluña, de George Orwell, o la película Tierra y libertad, de Ken Loach. No es la primera vez que se investiga cómo la URSS engañó y manipuló a intelectuales europeos y estadounidenses: El fin de la inocencia, de Stephen Koch (Tusquets). Pero Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón, lo hace con un vivo pulso narrativo de un novelista que nos lleva de la mano por dos vidas, la de Dos Passos y la de Robles, y con el rigor de un historiador.

De los personajes que se cruzan con José Robles o con Dos Passos, hay una mujer que llama la atención. No lo hace tanto en el texto de Pisón, quien no la trata con especial cariño, sino en sus memorias. Es Constancia de la Mora (1906-1950). Su libro autiobiográfico se titula Doble esplendor y lo acaba de reeditar una todavía joven editorial, Gadir. De familia burguesa (era pariente de Jorge Semprún, quien prologa esta edición) , De la Mora abrazó la causa comunista con ese fervor de la conversión. Murió joven. Lo más destacable de Doble esplendor (además de la propia vida y de la personalidad de su autora) es la mirada de esta mujer sobre los acontecimientos del primer tercio del siglo, ésos que desembocarían en una guerra civil. Parece que cuanta más gente explica aquello, más caminos se abren, más certitudes se tambalean y más detalles que habíamos apartado de nuestra vista cobran un nuevo interés.

De la Mora, como Robles, como el propio Dos Passos, como tantísimos, fueron los actores de reparto de una obra cuyo libreto escribieron otros. Quizá entre los actores principales quepa hablar de buenos y de malos, en función del bando al que decidieron pertenecer, pero entre los secundarios, no. La mierda y el ideal estuvieron muy repartidos, y es necesario empezar a expurgar y a colocar, uno a uno si fuera posible, a cada cual en su sitio. Casi todos están muertos, pero es que algunos se han ido tan de rositas...

Por cierto, hace un par de años, Alfaguara reeditó Rocinante vuelve al camino, el libro en el cual John Dos Passos contó su visión de España en sus viajes en los años veinte. La traducción es, todavía, la de Márgara Villegas, la mujer de José Robles. Al menos nos queda la justicia poética.

eaguirre@divertinajes.com
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