7 de febrero de 2005


Hasta el siglo XVI

Aparece en El laberinto español, la obra del hispanista Gerald Brenan que intentaba ordenar los acontecimientos que desembocaron en la Guerra Civil de 1936. Me da la sensación de que es una anécdota que muchos citan pero nadie vivió en realidad. Se trata de una reunión de mineros (creo recordar) asturianos, en los años treinta del siglo XX, durante la cual unos propagandistas protestantes intentan adoctrinarlos. "No creo en mi Dios, que es el verdadero, como para creer en el suyo", pudo haber replicado uno de los asistentes. España fue el bastión de la ortodoxia católica, desde el siglo XVI, contra la Reforma luterana y sus posteriores derivaciones. Y así, hasta los ateos son católicos.

El otro día JC me preguntó si había leído el último libro de Antonio Orejudo. Tuve que contestar que no, pero me piqué (en el mejor sentido), pues las dos anteriores novelas de Antonio Orejudo Utrilla (porque en aquellas firmaba con sus dos apellidos), me habían gustado mucho. Me hice con un ejemplar de Reconstrucción (Tusquets) y me puse a leerla.

Por eso he empezado hablando del protestantismo. La novela parte de una revolución religiosa, en la estela del terremoto luterano que afectaba a Europa, durante los años treinta del siglo XVI, en una ciudad alemana. Un hombre llamado a ser una estrella del elenco católico se revuelve contra aquella jerarquía y arrastra a los habitantes de la ciudad por el camino de la libertad religiosa. Como ha solido pasar a lo largo de la historia, las ideas simples de tan sencillas, el "no a todo" llevado al extremo de convertirlo en el "sí a lo mío y a los demás que os vayan dando" y demás abusos y estupideces propias de las grandes utopías, todo esto desemboca en el asedio de la villa por las tropas papistas y en el establecimiento de una tiranía de pacotilla (como son todas las tiranías) en la urbe amenazada. No he contado nada que pueda estropear la lectura, pues a partir de la resolución de este conflicto la novela toma un derrotero muy interesante.

Antonio Orejudo (Madrid, 1963) es un escritor que me atrevería a llamar experimental, pero que es capaz de no aburrir (primer escollo de la experimentación literaria) y de entretener (segundo escollo, tanto de lo experimental como de lo que se escribe en general). Para explicarme bien me voy a poner un poco intenso (sorry, sorry, sorry, como le gusta decir últimamente a la directora de esta web): Reconstrucción ofrece la posibilidad de varias lecturas de menor a mayor profundidad. Para empezar nos encontramos con una novela histórica, que narra una trama ambientada en el siglo XVI (ya lo he dicho), jugando con acontecimientos y personajes reales, con otros posibles y con otros fruto de la imaginación del autor. Esta narración tiene, además,un componente de intriga admirablemente trabado. Que se lee con facilidad y con ganas, vaya.

Un poco más allá, la novela es una reflexión sobre la intransigencia, sobre el fanatismo, sobre la redención, sobre la revolución y sobre el poder (con un llamativo juego alrededor del libro impreso frente al manuscrito). Vale, ya sé que todas la novelas (o al menos aquellos textos dignos de ser así llamados) tienen un tema: también yo me acuerdo del colegio y de aquello de buscar el tema y el argumento para los comentarios de texto... Sí, es verdad, pero el valor añadido de Reconstrucción es que la reflexión que plantea Orejudo no es plana ni cerrada, sino que permite interpretaciones más interesantes. Pero hay más: a lo largo de las páginas, Orejudo hace un uso del lenguaje que me ha llamado la atención. No puedo decir más, no llego, ¡pobre de mí!, a captar bien qué ocurre ahí. Solo puedo intuirlo, pero está. Me estoy poniendo un poco Expediente X, pero así son las cosas.

Antonio Orejudo debutó en 1996 con Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo), en la que se cargaba, con algo que me atrevo a calificar de genialidad, todos los tópicos y mitos surgidos alrededor de la Residencia de Estudiantes en su edad de oro, en los años veinte. En 2000, apareció Ventajas de viajar en tren (Alfaguara), esta sí que es experimental: Rara, rara, rara; pero buena, buena, buena. Todavía no estoy seguro de si el nombre adecuado es el de novela.

Otra cosa: hace unos meses, hubo una Errata dedicada a algunos libros de Stephan Zweig, entre ellos Castelio contra Calvino (El Acantilado): Es una lectura algo más que recomendable (la del libro no la de la Errata) para después de Reconstrucción.

eaguirre@divertinajes.com
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