17 de enero de 2005


L. A. de V., de uniforme.

La mili (servicio militar obligatorio: lo aclaro para los más jovenes, que ya no deben ni preocuparse de semejante cosa) es como la tuna (grupo de pesados que se creen que hacen música con la excusa de que son universitarios: ¡Ja!): no conviene hablar de ello. No hay nada peor que un tipo que pretende contarte su servicio militar (vale, están lo que quieren que veas el vídeo de su boda). Así, cuando un escritor anuncia un libro en el que va a hablar de ¡¡¡eso!!!, mi primera reacción es salir corriendo en dirección contraria.

Y llegó Luis Antonio de Villena (L. A. de V.) y anunció una suerte de memorias en las que iba a contar sus experiencias en un campamento de la OJE (la organizaciónn juvenil de la Falange, aquel partido de tintes fascistas, que debe, incluso, de seguir existiendo, en el que se apoyó Franco para sostener su dictadura...) y en el servicio militar obligatorio. Y como me parece un escritor interesante, leí el libro, a pesar de las referencias cutremilitares, que se titula Patria y sexo (Seix Barral), pues L. A. de V. (Madrid, 1951) es uno de esos autores de los que se pueden esperar cosas buenas, a veces muy buenas, a veces, también, un poco rollo.

Patria y sexo, ya lo he dicho, consta de dos partes diferentes. En la primera, nos encontramos con un adolescente que acaba de perder a su padre, hijo único, que empieza a descubrir que su sexualidad no va por los derroteros de la corriente dominante y al cual, en el verano de 1961, le mandan a un campamento juvenil. Va aterrorizado. Sin embargo, según la narración de los hechos, no parece que durante aquella estancia le ocurra nada especialmente malo. Hay una ausencia notable en este primer centenar de páginas: el humor. L. A. de V. es un tipo que utiliza la mordacidad y la ironía de manera habitual, sin embargo aquí nos encontramos con un preadolescente que sufre y con un adulto que, al recordarlo, sufre igualmente. Reconozco que resulta un poco pesado al principio, pero a medida que avanza el relato (que, por cierto, no contiene elemento alguno que no pueda contar cualquiera que haya acudido un campamente de cualquier tipo) se pude llegar a comprender a aquel chavalito atemorizado por un regimen de vida marcial, con todo lo negativo que aquella dictadura de clase media tuvo... Ayer (perdonen la intromisión de una experiencia personal un tanto ramplona) vi un episodio de una serie de televisión en el que se contaba, entre otras muchas cosas, y ésta un tanto de pasada, la paliza que un grupo de adolescentes le propina a uno de sus compañeros de colegio homosexual; paliza que desemboca en la muerte de niño. Bueno, pues me hizo pensar en este texto y entenderlo un poco mejor.

La segunda parte ocurre diez años después, y nuestro L. A. de V. se presenta a cumplir el servicio militar, con un enchufe que la facilitará los últimos meses de éste y con un conocimiento mucho mayor de lo que es la vida y de lo que era él mismo. Todo ello no impide que llegue al cuartel cargado de temores e inseguridades. En esta parte del texto sí que está el L. A. de V. de todo la vida, un tío inteligente, irónico, elegante y con cierto aire de buena persona. No voy a renunciar del todo a mis prejuicios, y me sigue pareciendo que el simple relato de la mili cojea, no tiene la trascendencia literaria suficiente. Aquí, en este Patria y sexo de L. A. de V. la mili sirve para completar el cuadro del enfrentamiento a lo marcial, a lo militar, a lo machista, a lo obvio y a lo franquista de un chico cuya cabeza quería ir (iba, de hecho) por otros caminos.

eaguirre@divertinajes.com
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