27 de diciembre de 2004


Esto sí que es un seudónimo raro

Hablando de la traducción de El puente de san Luis rey, en una Errata, salió a relucir el nombre de María Lejárraga, un peculiar caso de la literatura española del siglo XX en el que no sé si se puede hablar de sumisión incomprensible o de peculiar concepción de la idea de seudónimo. En este caso el seudónimo fue Gregorio Martínez Sierra, que era un señor de carne y hueso. Me explico.

María de la O Lejárraga nació en 1874 (San Millán de la Cogolla, la Rioja, España). Fue un raro ejemplo (para aquellos tiempos) de mujer que quiso y pudo estudiar. Se dedicó a la pedagogía, a la política (fue diputada del PSOE desde 1933), al teatro. Era una feminista; o quizá no tanto (en vista de su vida personal). Amiga de Juan Ramón Jiménez o de Manuel de Falla, con quien colaboró, María Lejárraga fue a enamorarse del tal Gregorio Martínez Sierra (abajo, en la foto), con quien se casó. Martínez Sierra (1881-1947) ha pasado a la historia por ser considerado un renovador del teatro español y por tener a sus espaldas un buen puñado de literatura escrita y (esto es lo que nos interesa) por ser uno de los caraduras más extraordinarios de los últimos tiempos.

Está ya bastante documentado que fue María quien escribió todo lo que luego apareció firmado por Gregorio. TODO. Desde novelas a obras de teatro; desde guiones cinematográficos hasta cartas. Y ella en la sombra. Así se titula, de hecho, una combativa biografía, María Lejárraga, una mujer en la sombra, de Antonina Rodrigo (Ediciones Vosa). En este libro se cuenta la vida de esta escritora hasta que conoce al que sería su marido y lo que ocurre a partir de que inician lo que la propia María llamó siempre "colaboración" (¿alguien quiere un ejemplo mejor de eufemismo?). Y el otro, a lo que se ve, encantado de la vida. El angelito se lió con una actriz, Catalina Bárcena, y María seguía siendo su negra literaria.

Cuando se inventó el cine sonoro, el doblaje tardó un tiempo en descubrirse. En Hollywood se les ocurrió la idea de contratar a cineastas (actores y actrices, directores y guionistas) de diferentes nacionalidades para que rodaran versiones (mismas historias, mismos decorados, mismo vestuario) de las películas estadounidenses en sus lenguas, para poder distribuirlas y proyectarlas. El invento, lógicamente, duró poco, pero sirvió para que un nutrido grupo de españoles pertenecientes al mundo del espectáculo viajaran allí y aprendieran cosas sobre aquel oficio y sobre la vida. Luis Buñuel, Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Tono, Edgar Neville fueron algunos de quienes por allí pasaron. Y Gregorio Martínez Sierra del brazo de su querida Catalina Bárcena.

Normal, era un tipo con éxito en los escenarios españoles, que dirigía y ponía en escena unos dramas muy apañados que... ¡Sí!... que escribía su mujer, María Lejárraga. Y ella sin rechistar. Da cuenta en su biografía Antonina Rodrigo de una carta que el bueno de Gregorio le envía desde EE.UU. a María, en Madrid, pidiéndole que corrija un texto que le han encargado. La palabra morro se queda pequeña.

María Lejárraga tuvo mala suerte en la vida. Hubo de exiliarse al terminar la Guerra Civil. Murió en Buenos Aires (Argentina) en 1974. Pasó por Estados Unidos, unos años después que su marido, e hizo un intento en el mundo del cine: fue a los estudios de Walt Disney y presentó una idea para una película para niños. Se lo rechazaron. Pero pasado el tiempo, los de Disney hicieron una película de dibujos animados que sería famosísima, La Dama y el Vagabundo. Efectivamente, copiada (pirateada o plagiada, mejor dicho) del argumento que Lejárraga les había propuesto.

Hay más: de uno de sus dramas, Canción de cuna, se han hecho desde los años cuarenta varias versiones cinematográficas. La última de 1996, dirigida por José Luis Garci. ¿Alguna mención a María Lejárraga en los créditos? No, padre.

María escribió unas memorias. Atentos al título: Gregorio y yo, medio siglo de colaboración. Firmó como María Martínez Sierra, no Lejárraga. Hay una edición en Pre-Textos. En el prólogo, a cargo de Alda Blanco, se cuenta que María solo firmó con su nombre, hasta 1947 (el año de la muerte de su todavía marido, efectivamente), dos obras: Cuentos breves (1899) y La mujer española ante la República (1931).

Tras la lectura de los dos libros citados (la biografía y las memorias) no resulta todavía fácil saber qué pasó realmente. ¿Una mujer sometida más allá de lo razonable? ¿Un cómodo seudónimo tras el cual poder escribir de una forma y de unos asuntos con los cuales quizá no se hubiera atrevido utilizando su nombre? ¿Amor? ¿Estupidez?

eaguirre@divertinajes.com
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