6 de diciembre de 2004


Ferlosio tenía padre

Rafael Sánchez Ferlosio, premio Cervantes 2004. ¿Quién no ha leído El Jarama? Ha debido de ser obligatorio en la enseñanza media durante un tiempo. El resto de su obra se conoce algo menos. Ha escrito poca narrativa y mucho ensayo: sobre la historia, sobre la lengua, sobre el dinero... Si alguien quiere descubrirle, me atrevería a recomendarle un libro curioso: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (Destino); y a partir de ahí, el resto.

Como todo el mundo, Sánchez Ferlosio tenía padre. Y en su caso, un padre de peso literario, político e histórico. Éste si que es, ahora, poco conocido. De hecho, resulta difícil encontrar sus libros, de los que hay algunas ediciones en los últimos diez o quince años, pero descatalogadas. Se llamaba Rafael Sánchez Mazas, nació en 1894 y murió en 1966, en Madrid.

Hace un tiempo, una novela que tuvo mucho éxito (con película y todo), Soldados de Salamina (Tusquets), de Javier Cercas, utilizaba una anécdota de la vida de Sánchez Mazas como catalizador de su trama. Detenido por soldados leales al gobierno republicano durante la Guerra Civil española, Mazas, falangista, intenta fugarse. Escondido entre unos matorrales o unos árboles, un miliciano le descubre, pero no se decide ni a dispararle ni a detenerle. Mazas consigue así huir. Terminada la guerra, Franco le nombró ministro sin cartera, pero a él no parecía interesarle demasiado y ni siquiera acudía a los Consejos de Ministros. Cuenta Francisco Umbral que un día Franco pidió que retiraran su silla, y así supo todo el mundo que Sánchez Mazas había dejado de ser ministro.

Rafael Sánchez Mazas tenía el carnet número cuatro de la Falange Española , aquel partido de tintes fascistas fundado por José Antonio Primo de Rivera, de quien era amigo (creo recordar que Mazas participó en la composición, colectiva al parecer, y en un café, del himno falangista, el Cara al sol). En ese círculo de jóvenes con ideas fascistas, hubo más de un escritor interesante. Hay quien asegura que los textos del propio José Antonio tienen una calidad literaria enorme. Será que no tengo sensibilidad suficiente, pero a mí, lo que he leído, me parece pomposo, un poco cursi y carente de cualquier idea. Sin embargo, leer a Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero o Rafael Sánchez Mazas se disfruta, merece la pena, por encima de su ideología (que la hay y está muy presente en algunas de sus obras).

Pero estos autores, que disfrutaron de presencia en la prensa de los años cuarenta, cincuenta y sesenta; que pertenecieron al ambiente literario más oficial, que publicaron y vendieron bien durante ésa época, cayeron, tras la llegada de la democracia en el olvido. El escritor Andrés Trapiello es un experto en la literatura de estos tipos, de quienes incluso ha editado algún libro (como los relatos de Sánchez Mazas, Las aguas de Arbeloa, en la ya desaparecida editorial Trieste). De este olvido, Trapiello ha escrito que estos literatos "ganaron la guerra pero perdieron los libros de texto". Y por eso es tan difícil encontrar sus obras. A lo mejor hace falta que pase algo más de tiempo para poder leerlos sin prejuicios, quién sabe.

De todas formas, buscando un poco seguro que aparece, por ejemplo, La vida nueva de Pedrito de Andía, publicada en 1951 (la editorial Planeta la reeditó a mediados de los años noventa, pero ya la ha descatalogado). Se trata de una novela que transcurre en 1923, en el País Vasco, y que cuenta la adolescencia de un joven de una buena familia. Tiene todos esos rasgos de las novelas de aprendizaje y algunas características peculiares muy interesantes. En ese Pedrito se manifiestan muchos valores de los que defendían estos fundadores de la Falange, pero sin lograr apagar el latido común a todos los adolescentes de todas las época sy de todos los tiempos, un poco rebelde, un poco inocente.

Durante buena parte de la Guerra Civil, Sánchez Mazas estuvo en Madrid (ciudad que se mantuvo leal a la República hasta el final) y hubo de esconderse (está visto que este hombre se escondía mucho) en la embajada de Chile. Allí, inició una novela que quedó inacabada llamada Rosa Krüger, publicada de manera póstuma y la cual, visto lo existente, podría haber sido un gran libro.

Así que ya tienen ustedes dos tareas: leer al hijo, Sánchez Ferlosio, y hacer lo propio con el padre, Sánchez Mazas.

eaguirre@divertinajes.com
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