25 de octubre de 2004

La escritura del Perro

Años ochenta para arriba; años ochenta para abajo. Suele ser habitual: la sociedad mira, cada cierto tiempo, al pasado, pues con el transcurso de los años todo lo malo se difumina y solo queda la memoria de las cosas buenas. Está ocurriendo, ahora, con la década de los ochenta. Entre otras cosas, de mayor o menor valor, destaca la recuperación de la música de un grupo que, ya en su momento, dejó claro que representaba la vanguardia del rock español, de lo cual, veinte años después de su disolución, ya no hay ninguna duda. Se trata de Radio Futura. Pero no vamos a hablar de música.

Santiago Auserón (Zaragoza, 1954) era el cabeza pensante de Radio Futura, un tío al que siempre le preocupó cómo casaba una lengua como el español con unos ritmos como los del rock; un tío que procuró dotar de un contenido teórico a su acción musical; un tío que cuidó mucho las letras que cantaba. Tanto, que hace unos años, la editorial Pre-Textos decidió publicar estas letras en un libro titulado, sencillamente, Las canciones de Radio Futura. Estudió en la Sorbona, en París, Y eso era algo que se destacaba constantemente en entrevistas y comentarios sobre el grupo. Auserón, cuando Radio Futura dejó de existir, en 1993, se sumergió en la música cubana, de la cual aprendió y supo trasladar lo aprendido a las estructuras del rock, y creó un personaje, un compositor y cantante, llamado Juan Perro.

Santiago Auserón ha publicado, además de este libro con sus letras, un par de cosas más: en 1998, La imagen sonora, una lectura filosófica de la nueva música popular (en la editorial Episteme); en 1999, participó en el libro colectivo Las culturas del rock (Pre-Textos).

Santiago Auserón ha escrito una canción, El tonto Simón, que es como un relato:

“Ya se retira el sol y los hombres acechan sentados a la puerta del bar, las parejas se van por la carretera y aquí viene Simón con su extraño andar. Hola Simón, ¿dónde vas tan aprisa? Para un poco, ¿qué quieres tomar? Dicen que siempre cuentas la misma historia, es lo que esperan todos, se sienten mejor: que tu padre murió por quemar la iglesia, que tu desdicha es castigo del señor. Eres tonto Simón y no tienes elección, de tu cráneo rapao al cero quita esa gorra de obrero y sortea la cuestión, Simón. Vuelve a enfilar tus pasos hacia la calle, si llamas a esa puerta sale una mujer que te ofrece alimento de vez en cuando y da conversación si te portas bien. Hola Simón ¿dónde vas tan aprisa? Para un poco, ¿qué quieres comer? Has visto el engaño en sus ojos que ya no tienen más qué decir, los golpes ya no duelen, ay Simón si pusieras tu cuerpo en acción. Vale más que te largues fuera del pueblo, recita tu oración y no pienses mal, tendrás allí el aliento de los luceros y tal vez el calor de algún animal. Eres tonto Simón y no tienes elección de tu cráneo rapao al cero quita esa gorra de obrero y sortea la cuestión, Simón”.

Y hay otra, El canto del gallo, que es, sin duda, un relato, y en ella se inspiró el dibujante de cómics Max y la ilustró. Como en el caso anterior, reproduzco el texto sin respetar los versos de la canción, para que sea más fácil su lectura:

“El jaleo de los días de feria ya se oía a un kilómetro del pueblo y un extraño acento en el hablar de los que halló por el camino. Un coro de muchachas y una vieja levantándose las faldas al bailar y un jovencito de broma peligrosa haciendo gala del orgullo local. De los que dan dinero por la noche para que nunca termine su canción para que sude el músico ambulante su condición de vagabundo. Es ya la hora del aperitivo y todavía no funciona el tiovivo, el músico buscó la acera en sombra y la ventana donde olía a flor. Tenga esta rosa blanca, señorita, a cambio de su negro pensamiento. ¿Por qué motivo temblaron sus labios? ¿Vio en sus ojos el fondo de un volcán? Y mientras tanto corría la sangre en la plaza, como un vino común y las plumas de los gallos por el aire volaban aún. Quítese usted de en medio, forastero, que ya no quedan señoritas en el bar, ya cantó como el gallo de pasión pero esta es mi canción y el baile va a empezar. El músico ambulante se agarró del vaso y sintió que flotaba en la luz artificial, apuró el trago de madrugada, un borracho imitaba el canto del gallo. Se deslizó por una callejuela antes de que empezase a clarear y al pasar por la ventana enrejada suavecito empezó a silbar. Pero nadie conocía la tonada que era inventada para la ocasión y se fue por el camino a contemplar los desvelos de las últimas sombras. Y caminando iba pensando que ganar siempre es tentar a la otra cara de la suerte y que por eso te hacen daño los huesos cuando golpeas fuerte. Y así se fue chasqueando los dientes en memoria de algún actor cuyo nombre se ha perdido y que hacía de bandido y sintió la alegría del olvido y al andar descubrió la maravilla del sonido de sus propios pasos en la gravilla”.

Quizá exagero un poco, pero estas canciones siempre me han parecido cuentos, y leerlas, en un libro, acentúan dicha sensación. Al fin y al cabo, también es literatura. ¿No hubo hace unos años unos que postularon a Bob Dylan para el premio Nobel? Pues eso.

 





eaguirre@divertinajes.com
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