18 de octubre de 2004

"Paquete-paqueta" (y Fe de Errata)

Debió de ser a mediados de los años setenta, cuando durante varias semanas, la televisión (solo había una) emitió un ciclo dedicado al actor Danny Kaye, los sábados, después de comer. Lo vi entero, y me acuerdo de escenas sueltas, de esta o aquella película, que luego he ido volviendo a ver cuando he caído en la reposición de alguna de ellas, siempre por televisión. Pero uno de los filmes se me quedó grabado, desde el título, La vida secreta de Walter Mitty, hasta la trama, por otro lado sencilla: El tal Mitty era un tipo con muchos pájaros en la cabeza que, a la mínima (en una sala de espera, en un semáforo, en la oficina...), desconectaba de la realidad y se imaginaba como un héroe en las más diversas situaciones: pilotando un avión en una guerra, tripulando un barco durante una tormenta... Pero si algo se me quedó grabado fue un ruido: "paquete-paqueta, paquete-paqueta...". Era el sonido que, según el doblaje, hacía todo lo que rodeaba a Mitty cuando se le iba la olla: desde el avión al limpiaparabrisas.

No sé por qué, pero siempre tiene que venir alguien a meter mano en tus recuerdos. Así, al leer, hace unas semanas, el relato en el que está basado el guión de la mencionada película, ha venido una traductora a enmendar aquel "paquete-paqueta" y lo ha cambiado por un "ta tacatá tacatá...". Qué se le va a hacer (Desconozco cómo será en el inglés original). Aunque no me importa demasiado, pues seguiré pensando en "paquete-paqueta" y, además, leer esta traducción me ha llevado a conocer un autor y una obra muy interesantes, y divertidos. Pero, al parecer, hay gente más cruel aún, pues me he enterado de que se está preparando una versión de esta "peli" (que es de 1947), a manos de Jim Carrey (¡glups!). Nosotros, a lo nuestro.

Con el título, precisamente, de La vida secreta de Walter Mitty, la editorial El Acantilado acaba de publicar una selección de relatos de James Thurber (Columbus, Ohio, 1894-Nueva York, 1961), el padre del atolondado Mitty. Thurber era un periodista que escribía muy bien y que dibujaba (este autorretrato de la derecha y el perro del final son suyos). Desdel medidos de los años veinte, y hasta el final de su carrera y de su vida, trabajó en la revista The New Yorker, donde fue publicando dibujos y textos cargados de humor y de sarcasmo, algunos de los cuales se recogen este libro.

Pero cuidado. En esta caso, sarcasmo no implica una actitud hiriente, con tendencia a dejar un poco en ridículo a los personajes de cada relato, no. Ése sarcasmo es algo más contemporáneo, algo que se nutre de una cierta mala educación y de ese poco respeto por el vecino que ya nos tomamos (y quizá deba ser así) como algo natural. Thurber, según se desprende de la lectura de sus textos, era un tío educado, respetuoso y con una buena capacidad de observación de las maneras y los hábitos de los demás, para luego trasladarlos a pequeñas historias en las cuales, según el punto de vista que tenga, un lector encontrará crítica, otro comprensión, aquel ironía, el de más allá una simple descripción. El matrimonio Monroe, cuyos relatos abren el volumen del que estamos hablando, son dos gazmoños, timoratos, con muchos tics pequeñoburgueses... Unas joyitas, vamos, pero que pasados por el cedazo literario de Thurber no se hacen desagradables ni molestos, pero sí dejan claras todas esas criticables actitudes.

La traductora de este libro es Celia Filipetto, y he dejado para el final consignar su nombre porque quiero que encabece esta "Fe de Errata" que aparece en el título. Me he dado cuenta de que en muchas de estas entregas semanales (no en todas, afortunadamente), he omitido los nombres de los traductores. Para lo bueno (y a veces para lo malo) son ellos los intermediarios entre la prosa o el verso de un autor y nuestras lecturas. Una buena traducción puede engancharnos más a una obra que nos guste, y una mala puede hacernos dejar un libro después de diez páginas. Creo que en los últimos años, la traducción se ha cuidado mucho en España. Conozco, incluso, algún caso en el cual los editores han pagado una traducción y han encargado otra, por considerar que la primera no era lo suficientemente buena. Y como tenemos que agradecérselo, en esta Errata no volverá a faltar el nombre de los traductores.





eaguirre@divertinajes.com
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