11 de octubre de 2004


Otros tiempos

Sándor Márai nació en la ciudad de Kassa, que ahora forma parte de Eslovaquia. Pero en aquel 1900, este niño era húngaro. Sándor Márai terminó suicidándose en 1989, lejos de Hungría (y de Eslovaquia), en California, donde había llegado a finales de los años cuarenta del siglo XX, huyendo del régimen comunista. Como les ocurrió a tantos otros, su obra fue prohibida, silenciada y, al final, olvidada. Pero hasta los años treinta, Sándor vivió como pocos su tiempo, y de ello dejó constancia en Confesiones de un burgués (Salamandra), unas precoces memorias que, dada su temprana escritura (las publicó con poco más de treinta años), tienen más de crónica de un aprendizaje, de una forma de madurar, que de autobiografía.

En 1999, la editorial Emecé (que luego cambió de nombre, pasándo a llamarse Salamandra) publicó una breve novela titulada El último encuentro, de un desconocido en España Sándor Márai. Fue un éxito: se vendió muy bien para como suelen comportarse en el mercado los libros de estas características, y cosechó elogiosos comentarios. Como suele pasar en estos casos, cuando los críticos empezaron a prestarle atención, los lectores ya sabían de la existencia de la novela y se la recomendaban unos a otros. Efectivamente, El último encuentro es una narración deliciosa, de tintes decadentes, con información histórica (está ambientada, la mayor parte de la trama, en el final del Imperio austrohúngaro) y sostenida por la crónica de una amistad y de unos amores que se cruzan hasta estorbarse. Dada la buena acogida, la editorial decidió seguir publicando a Márai: La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, La amante de Bolzano.

En Confesiones de un burgués, el joven escritor repasa su infancia y su familia con una precisión y con una frialdad que denotan que, desde muy pequeño, Márai tuvo una fantástica capacidad de observación. Comenta, a veces critica, y siempre describe los comportamientos, los valores, los defectos y las virtudes de su clase social como si tuviera un pie dentro y otro fuera. Luego llega el adolescente y el joven, que quiere escribir, que quiere conocer mundo, para lo cual recurre al oficio del periodismo, del que, con algún aprieto, pero siempre saliendo a flote (el dinero de la familia ayuda de vez en cuando), vive hasta el final del libro, cuando los periódicos, en especial el Frankfurter Zeitung, que le compran sus artículos empiezan a demandar otra calse de periodismo, menos literario, quizá menos cosmopolita; en cualquier caso diferente al cultivado, publicado y leído en aquellos tiempos, relucientes y convulsos.

La decadencia que sufre su clase social se ve reflejada en la existencia de Márai. La burguesía centroeuropea ve cómo se desmorona un imperio y la guerra se apodera del sentido común; ve como en las grandes ciudades se refugia la modernidad, marcada muy de cerca por todas las fuerzas tradicionales, a veces retrógradas, lo que las convierte en campos de batalla de las mentalidades. Las diferentes capas de la sociedad se mezclan, se empujan, se agreden. El joven Sándor navega entre esas tormentas. La sensatez y clarividencia que demuestra en lo tocante a la infancia se oscurecen a medida que madura y no siempre parece saber de qué va lo que ocurre a su alrededor. Aunque quizá sí que, en realidad, esté demostrando esa sensatez cuando consigue trasladar, tan bien, al lector la sensación de pérdida y de desorientación con la que se mete en la década de los treinta del siglo pasado, cuando concluye este relato. Luego llegará otra guerra, la división de Europa en dos, el exilio, el olvido, el suicidio... y, afortunadamente, la recuperación de una obra, y de una vida, notables. ¿Quién dijo que hay que llegar a viejo para escribir unas memorias?






eaguirre@divertinajes.com
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