27 de septiembre de 2004


Alma de fan

Habíamos quedado con dos chicas. Tendríamos 16 años y sabíamos perfectamente cual de las dos me gustaba a mí y cual a mi amigo, de manera que no hubo problema al sentarnos y empezar a soltarles el rollo. Por mi lado, todo iba bien hasta que empezamos a hablar de música, para mí una auténtica ocupación mental a tiempo completo (contando las horas de colegio) en aquel entonces y... ¡No sabía quiénes eran los Clash! No fue una decepción, no, simplemente no me cabía en la cabeza que alguien de mi edad, de mi entorno, no tuviera como primera preocupación la música, en aquello primeros años de la década de los ochenta. Pasado el tiempo, no dejas de ser un fan de la música pop (pop en el sentido más amplio: inclúyase aquí el rock, el punk, el tecno, el hip hop... todo lo que no sea música clásica, vaya), sino que empiezas a admitir que existe gente, extraña, que puede vivir sin elegir concienzudamente esos cedés (antes casetes) que te vas a llevar de viaje; que no sale corriendo a la tienda más cercana en cuanto ha leído la crítica de un determinado disco en una revista; que es capaz de poner la radio y escuchar lo que le echen; que hace una mudanza y no le preocupa dónde y cómo colocar los discos; que no guarda, a estas alturas, ningún vinilo....

La literatura no se ha ocupado demasiado del pop (ya le dediqué una Errata a esto hace unos meses), pero estoy seguro de que es cuestión de tiempo, pues mientras la una lleva siglos y siglos de rodaje, el otro apenas tiene cincuenta años de vida. Pero hay un escritor inglés llamado Nick Hornby (Maidenhead, 1957) que es, por ahora, el amo en esto de unir pop y literatura. Tiene ya unos cuantos libros en su haber, pero aquí nos vamos a centrar en dos. El primero se llama Alta Fidelidad (Ediciones B) y es la historia de un treintañero que tiene una tienda de discos. Dejemos de lado la trama (dudas vitales, problemas con las mujeres), lo que importa es que Hornby quiere hablar de ese momento en el que una persona tiene que recapitular lo que ha hecho en su vida para darle impulso en la misma o en otra dirección. Y sí, ahí tiene sentido hablar de problemas laborales y afectivos, de cómo se asume, o no, la madurez, de las expectativas, de los sueños... Pero el autor elige como rasgo más característico de su protagonista su pasión por el pop. No solo regenta una tienda de discos, sino que, por ejemplo, el simple hecho de grabar una cinta para un amigo o una novia se lo plantea como algo de una tremenda importancia. El protagonista evoluciona a lo largo de la novela, cómo no, pero el pop (su uso, su disfrute, su valor) se mantiene, y en muchas ocasiones la letra, el ritmo o la simple existencia de una canción sirve mejor que cientos de metáforas o miles de imágenes o millones de reflexiones para expresar lo que ese personaje es, siente y vive.

Así, un libro como 31 canciones (Anagrama) tenía que ocurrírsele a este Nick Hornby. La idea es sencilla: el escritor ha elegido un puñado de canciones y explica, una por una, lo que significaron para él, lo que aún significan, cómo las escucha, qué le evocan. De treinta (pues de uno elige dos canciones) grupos o solistas, solo conozco a dieciseis; de treinta y una canciones, apenas he escuchado en mi vida ¡media docena! en las versiones que el novelista indica. Pero no importa: más allá de mi orgullo herido de fan del pop, el libro es pura pasión por la música, devoción por el pop. En el fondo, todo muy parecido a la pasión por la literatura. Cuántos de ustedes no podrían escribir un libro titulado 31 novelas, en el cual contaran, sin ponerse pedantes o eruditos o académicos (así escribe Hornby y por ello su libro es fantástico), cómo y cuándo leyeron El extranjero, de Albert Camus; cómo cambió sus vidas El cuaderno gris, de Josep Pla; qué buena compañía durante la adolescencia supuso En el camino, de Jack Kerouac; qué poca gracia le encuantran a los cuentos de Jorge Luis Borges.

 

Y hablando de poca gracia: Solo le puedo poner una pega a 31 canciones, pero es una pega de fan, de colgao de la música. Pone a parir Frankie Teadrop, del neoyorquino y protopunk grupo formado por Alan Vega y Martin Rev, Suicide (en la imagen de la izquierda): "La escuché una vez hace mucho, cuando andaba por los veinte y mi vida era distinta, pero probablemente no la he vuelto a poner en al menos quince años y dudo que vuelva a hacerlo. (Ni siquiera la he escuchado para escribir esto, y no tengo la sensación de que lo necesitase. Créeme, el recuerdo permanece vívido.) No quiero volver a sentirme aterrorizado por el arte". Bueno, como este libro se basa en sensaciones y experiencias, no en juicios de valor, solo diré que creo que, todavía, se puede escuchar esta canción (que sí que es dura, pesimista y oscura) con espíritu de fan. De todas formas, no importa, porque siempre está a mano el Caravan de Van Morrison.





eaguirre@divertinajes.com
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