6 de septiembre de 2004

Cuestión de herramientas

Nunca –hasta ahora– había leído nada de Stephen King, y, dados los datos sobre las ventas de sus libros, debo de ser uno de los pocos en el mundo que no lo ha hecho: la semana pasada, sin ir más lejos, vi en una playa a un tipo que devoraba, no leía, La milla verde (una de las obras de King), en una traducción al italiano. No importa la lengua, estos volúmenes siempre tienen unas grandes letras doradas con el nombre del autor y llamativos colores... Todo muy poco elegante, la verdad.

Sí, he visto algunas películas o telefilmes basados en novelas suyas, como Misery o Christine..., pero creo que eso no cuenta. Sí, lo reconozco, tenía prejuicios, unos prejuicios gordísimos respecto a este tipo de literatura; prejuicios agravados por el hecho de que la literatura de terror o similares no me atrae nada: soy un poco cobardica, vaya.

El caso es que hace un par de años cayó en mis manos una obra firmada por King que dejé arrinconada, pero de la cual no me deshice porque pensé que podría tener algún interés.
Acabo de leerla, y acerté al guardarla. No, no he perdido mis prejuicios, pero sí he entendido algunas cosas sobre el proceso creativo. Mientras escribo (Plaza & Janés, también en De Bolsillo) es el título del libro y no es una novela sino un ensayo muy bien resuelto sobre las técnicas literarias del señor Stephen King.

Comienza el escritor súperventas con una breve autobiografía en la que solo expone los momentos de su vida relacionados con los impulsos literarios; con las crisis, primero, y los éxitos, más adelante, profesionales; con los tanteos narrativos; con la elección de un estilo... King procede de la clase baja, su cultura –así lo cuenta– surge del cine más popular, de los cómics, de la televisión. Vendió –es una forma de decirlo, porque en la mayor parte de los casos no le pagaban– cuentos a fanzines de ciencia-ficción, relatos eróticos... En su época de estudiante, King acudió a talleres literarios en los cuales no mostraba su verdadera cara, sino que enseñaba poemas y textos de más altura.

Y el novelista muestra su “caja de herramientas”, donde no hay ninguna varita mágica, ni instrumento alguno de peculiares características que expliquen el éxito. No, las dos herramientas principales, básicas según King, son las palabras y la gramática. ¿Evidente, no? No tanto, como podemos leer, desgraciadamente, en algunos textos recientes. Y un consejo: para escribir hay que leer mucho y escribir mucho. King cuenta algunos detalles de sus hábitos, de sus maneras de crear, de cómo resuelve –cuando lo consigue– los problemas que la trama, los personajes le plantean. Así, este trabajo es útil para conocer al autor, para valorar su obra y, también, para meterse en los vericuetos de la creación literaria.

Cierra el libro el relato del atropello que el autor sufrió en el verano de 1999, y que le hirió de gravedad.

No, de todas formas, creo que ahora me lance a leer novelas de Stephen King... Cobardica, ya lo he dicho.



eaguirre@divertinajes.com
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