09 de agosto de 2004

De bibliotecas (I): destrucción

Anthony Constock (1844-1915) era un señor muy serio que leía mucho la Biblia. Tanto que llegó a convencerse de que la mayor parte de los escritores estaban poseídos por el Demonio y había que parar aquello. El tío fundó la Sociedad de Nueva York para la eliminación del vicio, y durante los cuarenta años que ejerció de censor quemó, al parecer, más de 120 toneladas de libros, folletos y revistas varias. Un tolerante, vamos. Años más tarde, tan cerca de nosotros como en 1964, un grupo de militares peruanos confiscaron y quemaron ejemplares de la novela La ciudad y los perros, en la que un jovenzuelo llamado Mario Vargas Llosa contaba, con escasa complacencia, sus experiencias en un colegio militar limeño.

En el siglo X, en Al-Andalus, Almanzor destruyó todos los libros no sagrados que su antecesor, Al Hakan, había almacenado en la biblioteca de Córdoba. En la Nueva España, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, quemó cuanto códice prehispánico se puso en su camino. Y todo esto sin hablar de los nazis, de la Inquisición, de la Biblioteca de Sarajevo, arrasada en plenos años noventa del siglo XX, o de la de Bagdad, reducida a cenizas por las tropas estadounidenses en su guerra para liberar al pueblo iraquí de la oscura dictadura de Saddam Hussein.

A quienes nos gusta eso de leer; a quienes consideramos que de unas cuantas páginas de papel, encuadernadas con mayor o menor gusto y fortuna, no puede salir nada esencialmente maligno o, al menos, cuya malignidad no se cure con el sencillo gesto de cerrar el libro, a quienes creemos que los libros son, todavía, unas cosas útiles y necesarias, a todos esos que siga existiendo la palabra biblioteca nos produce una cierta tranquilidad. Aunque a lo largo de los tiempos, muchos se han empeñado en que esa palabra tuviera el mismo contenido que trilobite, por ejemplo, o sea, algo lejano, periclitado e inexistente.

De esos intentos habla el ensayo de Fernando Báez Historia universal de la destrucción de los libros (Destino), ya inquietante desde el título: porque se pueda hacer su historia; porque sea universal; por la presencia de la palabra destrucción... Cita Báez a Heinrich Heine, quien, hacia 1821, escribió: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres". Qué se lo digan a Salman Rushdie, a quien afortunadamente no han quemado, pero sencillamente porque no han podido.

Dice Baéz: "La destrucción voluntaria ha causado la desaparición de un 60 % de los volúmenes. El otro 40 % debe imputarse a factores heterogéneos, entre los cuales sobresalen los desastres naturales (incendios, huracanes, inundaciones, terremotos, etc.), accidentes (incendios, naufragios, etc.), animales (el gusano del libro, la polilla, las ratas, los insectos), cambios culturales (extinción de una lengua, modificación de una moda literaria) y a causa de los mismos materiales con los cuales se ha fabricado el libro (la presencia de ácidos en el papel del siglo XIX está destruyendo millones de obras). Habría que preguntarse, además, cuántos libros han sido destruidos al no ser publicados, cuántos libros en ediciones privadas se perdieron para siempre, cuántos libros que se dejan tirados en la playa, en el metro o en el banco de un parque han llegado a su final". Perdonen la extensión de la cita, pero da que pensar, ¿no?

Tablillas hechas polvillo; papiros convertidos en masas informes; pergaminos, incunables; libros de bolsillo... Y llegaron los nazis y montaron una piras que ni el cura del Quijote. Y un tal Calvino en lugar de quemar papeles prendió fuego a un heterodoxo Miguel Servet (lean Castelio contra Calvino, de Stephen Zweig, en El Acantilado); y un escritor de ciencia ficción, Ray Bradbury (en Farenheit 451, una novela de 1953), imaginó un mundo donde leer estaba prohibido y unos bomberos pirómanos confiscaban y quemaban cuanto libro avistaban... ¿Están aporreando la puerta o son imaginaciones mías?

eaguirre@divertinajes.com
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