19 de julio de 2004

Ojo al niño

Escribe Paul Auster en el prólogo del libro que hoy nos ocupa (escrito en 1851): "Siglo y medio después, aún seguimos tratando de descubrir a nuestros hijos, pero ahora lo hacemos mediante instantáneas y yendo tras ellos con nuestras videocámaras. Por mi parte pienso que las palabras son mucho mejores, aunque solo sea porque el tiempo no las hace perder el color. Por supuesto que cuesta más esfuerzo escribir una frase sincera que enfocar una lente y apretar un botón, pero las palabras van más al fondo de lo que pueden ir las imágenes..., que rara vez registran algo más que las superficies de las cosas, tanto si son paisajes como si se trata de rostros de niños. Porque incluso en las fotografías más logradas, el alma se pierde. Por esta razón Veinte días con Julian y Conejito merece nuestra atención. En su sencillez y modestia, Hawthorne se las arregló para conseguir lo que todo padre ha soñado siempre: mantener vivo para siempre a su hijo".

El libro es, efectivamente, Veinte días con Julian y Conejito (Anagrama). El autor, Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804-Plymouth, 1868), uno de los padres de la literatura moderna estadounidense, responsable de un clásico como es la novela La letra escarlata, una gran obra sobre la intolerancia, la hipocresía y el extremismo religioso. A Hawthorne le dedica Herman Melville su Moby Dick, pues al parecer le orientó para convertir una novela de aventuras en toda una brillante reflexión sobre la condición humana, sus pasiones y sus anhelos. Pues este escritor de altos vuelos se dedica durante veinte días a consignar en su diario una experiencia para él nueva, como fue quedarse solo con Julian, su hijo de cinco años.

La mujer de Hawthorne, su hija mayor y un bebé de pocos meses parten para hacer una visita familiar y dejan solos al padre y al hijo. El padre no deja de observar al niño. Se sorprende de cosas que podrían parecer normales, pero que él descubre mediante esta convivencia, estrechísima. Esta narración pertenece a un gran conjunto llamado American Notebooks, pero tiene muchísimo sentido como texton unitario. En él nos encontramos con un padre sincero, que quiere a su hijo, que se enternece en algunos momentos, al que se le cae la baba en otros, pero que también se harta de lo inquieto que es el niño, de sus incesantes y abrumadoras preguntas. En algún momento se alegra de que Julian duerma, al fin, pues necesita tranquilidad para leer. Nos encontramos también con un padre preocupado por la educación del hijo, por el mundo en el que le tocará vivir: en un momento determinado visitan, junto a Herman Melville, una comunidad shaker, unos radicales religiosos de la época, y Hawthorne reflexiona en sus notas sobre el desprecio que le merecen esas gentes y sus actitudes y, en un gesto de cabreo un tanto pueril, se alegra de que el niño hubiera tenido que cagar durante aquella visita, en las tierras de esos shakers. Mediante la relación con el niño, también asiste el lector a la relación del novelista con su mujer, ausente durante todo el relato, pero presente en pequeños detalles, en ciertas referencias, pues es ella quien más se ocupa y se preocupa habitualmente de ese Julian a quien su padre, por ejemplo, debe rizar el pelo casi todas las mañanas (cosas de la moda de aquellos tiempos será) con una impericia manifiesta.

El otro día, mi amigo Juan Carlos (ya les ha hablado de él, pues fue quien me inició en la lectura de Andrés Trapiello) decía: "Evaristo no se moja en sus Erratas". No sé... pero en todo caso ¿quién soy yo para mojarme más de la cuenta? He repasado, y en el año que llevo asomándome a este rincón con algunos libros, solo una vez he hablado mal de una novela, y creo que quedaba bastante claro (aunque sigo sin estar seguro de si tengo o no razón). En cuanto al resto: el hecho de que lleguen hasta aquí ciertos libros quiere decir, fundamentalmente, una cosa: que me han gustado, que los he leído y los he disfrutado. De todas formas, la próxima vez voy a hablarles de algunos casos históricos de mojadas poco acertadas,ya que estamos.

 

 

 

eaguirre@divertinajes.com
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