21 de junio de 2004

Vamos a Hollywood

No sé si me estoy volviendo muy vago o muy tonto, pero cada vez me ocurre más a menudo que decido traer a este rincón un libro y me encuentro con algún texto que habla de él mucho mejor que yo y con mucha mayor brillantez, agudeza y sentido común (lo que me suele dar mucha envidia). Entonces, durante un rato, me tienta a lo bestia la posibilidad de plantarles aquí un resumen del escrito en cuestión; o el escrito entero, qué coño. Pero (y lo siento por ustedes) enseguida vuelvo a recuperar cierta sensatez y un ataque de responsabilidad me lleva a ser yo quien dé cuenta del texto elegido; aunque nunca dejaré de decir quiénes y dónde han expresado tan bien sus ideas. El caso es que en esta ocasión nos vamos a Hollywood...

Budd Schulberg (Nueva York, 1914) es el autor de los guiones (y de las historias en las que estos se basan: a veces una novela, a veces un relato) de películas tan conocidas, y tan interesantes, como La ley del silencio, Más dura será la caída o Un rostro en la multitud. Empezó muy joven en el cine, gracias a unas intensas relaciones familiares, pues su padre fue uno de los pioneros de eso que ahora conocemos como Hollywood. En sus inicios, Budd colaboró con un ya decadente Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), sí el de El Gran Gatsby, quien buscaba en el trabajo cinematográfico dinero y una superviviencia artística y social. Y alAgo de esa relación puede leerse en la novela El desencantado, publicada en Estados Unidos en 1950, y que acaba de llegar a España de la mano de la editorial El Acantilado, con un estupendo prólogo de Anthony Burgess (1917-1993), el padre de la archifamosa novela La naranja mecánica, archipopularizada por una versión cinematográfica de Stanley Kubrick: ya he avisado que nos íbamos a mover por Hollywood y sus alrededores, aunque estos lleguen al Reino Unido.

El desencantado cuenta la relación entre un joven y debutante guionista, a finales de los años treinta, que debe colaborar en la creación de una película musical con su escritor favorito, un triunfador en la literatura y en la vida durante la década de los años veinte, que recurre a la industria cinematográfica en busca exclusivamente de dinero. Más allá de la peripecia concreta, la novela enfrenta dos épocas que representaron dos formas muy distintas, casi opuestas, de ver y de vivir el mundo, a pesar de los cercanas que están en el tiempo: la frivolidad, la alegría y la despreocupación de los años veinte, frente a unos años treinta surgidos de la Gran Depresión e inmersos en los preparativos de la Segunda Guerra Mundial (al principio de la novela, el protagonista joven lee en un periódico la noticia de la ca&iacuAte;da de Barcelona a manos de las tropas rebeldes de Franco).

Cuenta Anthony Burgess en el prólogo que desde que descubrió El desencantado en 1950, la leyó cada dos años durante el resto de su vida. Y lo compara con otras obras literarias consideradas mayores, como Fiesta, de Hemingway, o El gran Gatsby, de Fitzgerald, que leyó seis y dos veces respectivamente. Habla Burgess de "uno de los pasajes más excepcionales de la narrativa moderna" cuando se refiere a una de las escenas de la novela, o asegura que se trata de "un retrato genuino de Hollywood visto desde Hollywood. Pero también es literatura". O se lanza a afrimaciones del calibre de esta: "La prueba definitiva del logro de un novelista es el grado en que es capaz de modificar la sensibilidad de sus lectores. Desde luego ha modificado la mía". Para concluir este prólogo, escrito en 1983, como sigue, a propósito del protagonista: "Una figura tridimensional que perdurará en la imaginación de todos aquellos que tengan la inmensa fortuna de leer por vez primera esta excepcional novela". ¿Qué más puedo decir?





eaguirre@divertinajes.com
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