12 de abril de 2004

¿Dónde está el secreto?

Hay libros a los que les cuesta llegar a sus lectores. Y los tienen. Y si éstos alcanzaran aquéllas historias las disfrutarían mucho. Así ha ocurrido desde 1995, cuando se publicó en España, con El secreto (Plaza & Janés), primera novela de la escritora estadounidense Donna Tartt (Misisipi, 1964).

Un estudiante, procedente de California, llega a una universidad del Este, de Nueva Inglaterra, donde entra en contacto con un grupo muy curioso de jóvenes quienes, prácticamente, solo se dedican a la asignatura de griego clásico. Es como si vivieran en otro tiempo, con otras reglas, con otros valores, lo que les lleva a cometer un crimen involuntario... En resumen, esto es El secreto.

El caso es que el libro, tras la estancia en las mesas de novedades, no logró captar la atención de los compradores; tampoco de los expertos, pues las reseñas de esta novela en la prensa se pueden contar, como decía el humorista Perich, “con los dedos de la oreja”. Pero la editorial no desistió, pues El secreto había cosechado un enorme éxito en Estados Unidos, y esas cosas suelen confirmarse, luego, de este lado del Imperio.

Cambiaron la portada; optaron por una cubierta blanda, en lugar de la dura del primer intento; lo volvieron a lanzar. Poca cosa. Lo bueno es que gracias a este empeño, han pasado los años y todavía es posible encontrar El secreto en alguna librería.

 

Allá en su país, la entonces prometedora Donna Tartt desapareció, quién sabe si abrumada por el triunfo. Como ocurre tantas veces, se formó a su alrededor algo parecido a una leyenda, con seguidores de esos que publican fancines o elaboran páginas en Internet: pinchen y vean.

Casi once años después, Donna volvió al mundo de la literatura –comparen las fotos de cada momento...–. Y regresó con un novelón –en la edición española tiene más de 680 páginas– titulado Un juego de niños (Areté).

En un pueblo del sur estadounidense, una niña de doce años empieza a indagar a propósito de la extraña muerte de su hermano mayor, ocurrida cuando ella no era más que un bebé. Esa indagación se convierte en un viaje por los secretos, las contradicciones, el dolor y la realidad absurda y cruel de lo que podríamos llamar el mundo de los adultos.

Allá en el rancho grande... Perdón, allá en EE.UU., los escritores de los pasados siglos XIX y XX han tenido una cierta obsesión por una cosa llamada la “gran novela americana”. Debe de ser algo así como que la obra magna de su tradición literaria –“su” Quijote, por poner un ejemplo– está todavía sin escribir. Cuando en los años ochenta, ese periodista llamado Tom Wolfe decidió hacerse novelista –La hoguera de las vanidades (aquí en Anagrama)–, hablaba todo el tiempo de esto de la “gran novela americana”, y reivindicaba la importancia del realismo para contar esa historia que se convertirá en referencia. Salinger, Pynchon, Mailer, Faulkner, DeLillo... pongan el nombre que más les guste, todos, al parecer, han buscado ese lugar con sus escritos. Pero la novela de marras está tardando; o quizá le tenemos o hemos tenido ante nuestras narices y no hemos sabido verla. Pues de Un juego de niños han dicho que está en esa estela. Juzguen ustedes.

eaguirre@divertinajes.com
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