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16 de febrero de 2004
Yo-yo
Me gusta mucho una novela de Umbral que se titula Leyenda del César Visionario (Seix-Barral) –ambientada en una ciudad castellana durante la Guerra Civil donde están los intelectuales favorables a Franco, de quienes traza un estupendo retrato: Ernesto Giménez Caballero, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Laín Entralgo-; disfruté con Las palabras de la tribu (Temas de Hoy) y con su Diccionario de literatura (Planeta) –en los que plantea su personal visión, a veces exasperante, de la literatura española del siglo XX–; aprendí con La escritura perpetua (Mapfre) –un ensayo sobre su inspirador César González Ruano–; no descubro nada si alabo Mortal y rosa (Destino) –la novela que emana de sus sentimientos ante la pérdida, real, de un hijo de corta edad víctima de una leucemia–; me interesó La noche que llegué al Café Gijón (Destino) –algo parecido a unas memorias de iniciación–. Son algunos ejemplos de una desproporcionada, en número, producción literaria.
Anna Caballé apunta en su biografía cómo un joven de Valladolid llamado Francisco Pérez decide crear a un escritor llamado Francisco Umbral, y dedica toda su vida y su trabajo a dar forma a esa invención. Umbral, según cuenta Caballé, y según hemos sabido todos los que le hemos leído, solo sabe –mejor dicho, solo quiere– escribir de él mismo. Por ello, porque la repetición, la reiteración es inevitable, su obra va perdiendo interés para el lector. En este libro, descubrimos las mentiras que el escritor ha ido tejiendo a lo largo de sus ya pasados setenta años; las estrategias para medrar; las artimañas para escaquearse de la política hasta que expresar opiniones políticas ya no suponía problema alguno e incluso era necesario y de buen tono; el ansia por estar siempre en boca y pluma de todos; la necesidad de ser reconocido y premiado –de hecho, el libro termina en 2000, cuando Umbral, al fin, recibe el Premio Cervantes, con polémica incluída–.
¿Tiene interés conocer la vida de un escritor? ¿Por qué no nos basta con la obra? Supongo que hay una respuesta a estas preguntas según cada autor. En este caso, Umbral nos ha puesto tan delante de los ojos siempre su vida –una madre soltera; la ausencia del padre; la llegada a Madrid; el Valladolid de la posguerra; sus ligues; su casa, la Dacha; su piscina, donde tira los libros que no le gustan...–, nos ha mostrado, aparentemente, tanto, que es normal que nos lancemos sobre esta biografía. Porque, además, una buena biografía es también la crónica de la época que el personaje ha vivido. Ante Umbral y su obra, me planteo una
pregunta: ¿Tendrán interés sus libros dentro de
veinte años? Como en el caso de su admirado César
González Ruano, me imagino que cuando Umbral
muera, caerá en una cuarentena de olvido, para resurgir un tiempo
después. Entonces, quienes lo lean tendrán otra visión.
Será interesante esperar a ese momento. ¿O no?
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