26 de enero de 2004

El arte de la provocación

A veces parece imposible que a estas alturas una obra de creación, como es una novela, pueda todavía provocar indignación y ataques de moralidad a causa de lo que se dice en ella; de lo que dicen los personajes de ficción, más exactamente. Pasan ante nosotros espantos que solo pueden llamarse libros porque van encuadernados, y nadie le pide a un juez que lo retire de la circulación por atacar el más elemental buen gusto, y nadie pide la dimisión del editor. No.

Pero el protagonista de una novela dice algo como esto: “Fue en ese momento, al ver a todos aquellos anglosajones jóvenes, irreprochables y llenos de porvenir, cuando comprendí hasta qué punto el turismo sexual era el futuro del mundo”, y comienza a armarse el taco. Además, en el mismo libro, el mismo personaje se dedicaba, en un momento determinado, a despreciar olímpicamente a los musulmanes y su religión. Para qué queremos más. La gente empieza a enfadarse, el escritor se convierte en centro de atención y, en una entrevista, demuestra su malestar y habla más de la cuenta. Aquellas declaraciones sí que sirvieron de coartada para llevarle a los tribunales.

Él se llama Michel Houellebecq, tiene 46 años, y cada vez que publica la monta. La novela de la que hablamos se llama Plataforma (en España la publicó Anagrama). En aquella entrevista, Houellebecq decía algunas lindezas: “El Islam es una religión peligrosa. Afortunadamente, está condenada. Por una parte, porque Dios no existe (...). Por otra, el Islam está minado en su interior por el capitalismo. Todo lo que podemos desear es que triunfe rápidamente”. Poca cosa, pero suficiente para que varias asociaciones musulmanas francesas le acusaran de “injurias al Islam e incitación al odio racial”. Afortunadamente, el novelista quedó absuelto.

Plataforma cuenta la historia de un gris funcionario parisino que se enamora de una mujer dedicada a la industria turística, y juntos montan un operador de viajes especializado en turismo sexual: todo legal, todo higiénico. Houellebecq ya había generado polémica con otra novela, Las partículas elementales, en la cual, desde una posición tan nihilista que parece heredera del punk de 1977 –de hecho, debe de serlo, pues Michel es, además de escritor, músico y la influencia de aquel movimiento juvenil seguramente no le es ajena–, se criticaba con una crueldad y una actitud tremendamente descarnadas toda aquella eclosión de la libertad sexual que recorrió el mundo occidental durante los años setenta.

Eso, entre muchas otras cosas, pues en las novelas de Houellebecq –que por cierto, desde esta Errata pensamos que pertenecen a la mejor estirpe literaria europea contemporánea– hay más, mucho más, y merece la pena leerlo.



eaguirre@divertinajes.com
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