12 de enero de 2004

Jugando con fuego

Cumplo hoy una promesa que les hice a ustedes hace unas semanas, hablar –bueno, escribir– de Carlos Eugenio López. Seguramente, a la mayoría este nombre no le sonará de nada. Carlos Eugenio nació en León, en 1954, y desde la década de los setenta reside en Londres. Tiene poco pelo y una barba cerrada; viste muy british y fuma en pipa. Su aspecto es de un tipo de la más serio, tirando a conservador.

Es uno de esos escritores que han cultivado sus pulsiones literarias al margen de estar o no en ese mundillo en el cual se decide quien publica, quien merece la pena, quien debería de tener éxito... Tras un par de novelas premiadas pero prácticamente inéditas y algún poemario, en 1997 Carlos Eugenio López ganó el premio de la editorial Lengua de Trapo –sí, otra vez aparecen en esta Errata, qué se le va a hacer, creo que se lo merecen– con un curioso monólogo, El orador cautivo: el presidente de una gran empresa de raticidas, ciego, emprende un viaje en tren y habla, durante casi doscientas páginas, con su silencioso compañero de compartimento. El orador es un reaccionario de tomo y lomo, que con lo que dice cabrea al lector, quien no tira el libro gracias al humor, salvaje y sin prejuicios de ninguna clase. Pero hay ciertas ideas que, las diga quien las diga, dan lugar a que el lector se pare un momento a pensar, a poner en cuestión algunas de las verdades que le acompañan y a juzgarlas.

Al año siguiente –siempre en la misma editorial, donde sigue publicando en la actualidad–, apareció Delirios de grandeza. Se trata de la revuelta en un manicomio a causa de una corrupción de los directivos, que se transforma en la proclamación de una república independiente. Es fácil adivinar que el blanco de la crítica en esta novela es el siempre presente nacionalismo. Luego vinieron Ahogados –una novela en forma de diálogo con la inmigración ilegal y las barbaridades adyacentes como telón de fondo– y Burdel de muertos –siete monólogos de otros tantos personajes, donde el escritor le da voz a un cerdo–, y hace unas semanas ha llegado El factor RH.

Efectivamente, otra vez el nacionalismo –más exactamente el vasco, que tanto conocemos– y sus dogmas de fe son el blanco de los dardos literarios de Carlos Eugenio López. Esta vez, el Athlétic de Bilbao –es un equipo de fútbol, que seguro que alguno de ustedes no lo tenía claro– está a punto de bajar a la Segunda División, y únicamente podría salvarle la contratación de un portero africano (hay que recordar que este club de fútbol tiene como particularidad que solo cuenta con jugadores vascos). Pues en la trama entra en juego ETA y un puñado de curiosos personajes que dan forma a la narración, que no siempre resulta tan divertida como nos gustaría, y no por culpa del autor, no, sino porque meterse en determinadas cuestiones más o menos cercanas es como jugar con fuego, y el lector, en este Factor RH, no se quema, pero sale de sus páginas –como en los otros libros arriba citados– a veces escaldado, a veces con olor a humo. Esto no es una crítica; todo lo contrario.



eaguirre@divertinajes.com
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