24 de noviembre de 2003

El personaje perfecto

El otro día vi algo relacionado con este libro, El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. No recuerdo si fue el cartel de su versión cinematográfica, o algún artículo, o qué sé yo. El caso es que decidí volver al libro durante un rato, y escribir sobre él en esta Errata.

Las historias de fin de raza, aquellas que narran el final de una época que se mezcla con el principio de otra, tienen un atractivo especial. Me vienen a la cabeza algunas novelas de Joseph Roth, el escritor centroeuropeo que contó, a su manera, el declive del imperio austrohúngaro; o un estupenda película de Orson Wells, The Magnificent Ambersons (en español, El cuarto mandamiento), basada en una mediocre novela de Booth Tarkington.

Pero, para mí, encabeza esta lista El Gatopardo: En la Sicilia de 1860, cuando desembarca en la isla Garibaldi en plena campaña de unificación de Italia, sitúa Lampedusa la acción de la novela, protagonizada por el príncipe Fabrizio de Salina, quien asiste al aparente final de un estilo de vida y de la hegemonía de una clase social, la suya, y quien se plantea la necesidad de adaptarse a la nueva situación. El Príncipe, el Gatopardo –pues este animal figura en el escudo de su familia–, es uno de esos personajes perfectos, que difícilmente pueden caer mal al lector, uno de esos personajes cuyos defectos se convierten en virtudes. A mí –aunque ya han comprobado que no estoy casi nunca en lo cierto–, Guillermo de Basquerville, el protagonista de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, me recordó mucho al Príncipe de Salina: es otro perfectín, lúcido, inteligente y carismático... Un asco, vamos.

En El Gatopardo, además, aparece una de las frases más y peor citadas de los últimos tiempos. Textualmente es así: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Se la dice su sobrino, Tancredi, al Príncipe, para explicarle porqué está luchando al lado de esos desarrapados que conforman las tropas de Garibaldi. Así, la novela cuenta el choque entre dos clases sociales: una emergente burguesía, representada por Angélica y su padre; una decadente aristocracia, encarnada en don Fabrizio y su sobrino, quien hace de puente entre las dos castas mediante su amor con Angélica.

Escéptico respecto a las revoluciones, amante del progreso, pero educado con todos los estigmas del Antiguo Régimen, el Príncipe combina su desdeñosa incomprensión hacia los burgueses con un desprecio manifiesto hacia los nobles: “Soy acaso más inteligente, soy sin duda más culto que ellos, pero soy de la misma camada, debo solidarizarme con ellos”, piensa en algún momento del libro.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 1896-Roma, 1957), el autor, era Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma, pertenecía a una familia aristocrática venida a menos, y apenas escribió. De hecho, esta novela fue rechazada por las grandes editoriales italianas Mondadori y Enaudi; pero un chalado como Faltrinelli (quien también descubrió para occidente el Doctor Zhivago y se dedicó al terrorismo y publicó la foto más famosa del Che Guevara...) sí que se decidió a editarla: y resultó un súperventas. El único problema fue que salió a la calle un año después de la muerte de Lampedusa.

Criticada por los marxistas y los católicos, Luchino Visconti la llevó al cine en 1963 con algo más que acierto. Pero de esto, mejor les puede hablar el colega Vallín.



eaguirre@divertinajes.com
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