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10 de noviembre de 2003
Una vida de las buenas
Se llama José Luis de Vilallonga
y nació en Madrid, en 1920. Es marqués de Castellvell y Grande
de España, descendiente por vía materna del Gran Capitán.
Y el tipo ha tenido una vida envidiable, que paso a resumirles brevemente:
Se crió en un ambiente aristocrático y cosmopolita –su padre
llevaba monóculo–; combatió en la Guerra Civil con apenas 17 años en un
pelotón de fusilamiento; se casó con una enfermera inglesa, también noble,
voluntaria en la contienda española; se marchó a la Argentina de Evita
Perón, donde regentó una finca dedicada a la cría de caballos;
se separó y se instaló en París, donde se movió en el ambiente de la entonces
conocida como jet set; de sus amoríos, ni hablamos; trabajó con
los mejores cineastas europeos (Louis Malle o Fellini)
y con algunos estadounidenses (Blake Edwards); escribió
un buen puñado de novelas en francés que tuvieron un éxito considerable;
se dedicó al periodismo; tuvo una participación activa la preparación
de la Transición como portavoz de la Junta Democrática; regresó a España;
ingresó en el PSOE; escribió la más famosa biografía del rey Juan
Carlos...
Pues Vilallonga tuvo una
abuela de fuerte personalidad, que siempre le llamó de usted, y que le
recomendó escribir en unos cuadernos de tapas negras lo más relevante
–lo verdaderamente relevante– de cuanto le pasara. Así, al cabo de los
años, José Luis ha podido ir dando a luz, gracias a esa profusa documentación,
cuatro voluminosos tomos en los que ha consignado sus memorias.
La cruda y tierna verdad, Otros mundos, otra vida, La flor y nata
y La rosa, la corona y el marqués rojo –todos en Plaza
& Janés– son los títulos de los libros en los cuales Vilallonga
ha establecido un retrato del siglo XX, que parte de su peripecia vital,
pero que reposa en los personajes que conoció. Por ejemplo: la actriz
francesa Jeanne Moreau; Evita; el combatiente comunista en la Guerra Civil
española conocido como El Campesino; el realizador
Federico Fellini; Don Juan de Borbón;
Porfirio Rubirosa, play boy latinoamericano, yerno del
dictador Trujillo; madame Claude,
quien regentaba la red de prostitución
de lujo más importante de Europa... Por esto, el marqués califica a sus
memorias de “no autorizadas”, pues no ha contado con la aquiescencia de
los retratados, con quienes a veces no es complaciente, pero tampoco cruel.
Igual que con él mismo, a quien trata con una ironía y distancia a veces
entrañables y otras exasperantes, pues denotan unos ciertos aires de superioridad.
Cuando a mediados de los años setenta José Luis regresó
a la España en la que no vivía desde el final de la guerra, lo que más
le llamó la atención fue que todo el mundo utilizara “vale” para todo.
Es la reacción del Vilallonga escritor, autor de un buen
puñado de novelas, como El gentilhombre europeo, El hombre
de sangre, Fiesta (ahora recuperadas por la editorial Debolsillo)
o Las Ramblas terminan en el mar, que le costó la retirada del pasaporte
español. Vilallonga escribió en francés, lo que la hizo merecedor de la
Legión de Honor, que le impuso el presidente François Miterrand.
Cualquier libro de memorias, cualquier autobiografía, debe tomarse con
cuidado, pensando siempre que quien lo escribe no tiene, necesariamente,
la obligación de contar la verdad. Poco importa que los diálogos
no fueran tan ingeniosos en origen como aparecen reseñados; poco importa
que las situaciones no hayan sido tan perfectas desde le punto de vista
dramático. Lo que cuenta –y en el caso de estas memorias que nos ocupan
se cumple perfectamente– es que el retrato sea verosímil, que tenga la
fuerza de lo que se ha vivido, que nos enganche su lectura... En fin,
que se lean como una novela que cuenta con el valor añadido de ser un
trozo de historia.
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