3 de noviembre de 2003

Nada nuevo, pero sí distinto

White Mike es un camello neoyorquino de familia pija, un adolescente solitario con un sentido de la vida razonable y casi sensato. Holden Caufield también vivía en Nueva York, pero en los años cuarenta; su mirada era también razonable, pero menos sensata. Clay residía en Los Ángeles, en la década de los ochenta, en un ambiente decadente donde sobraban el dinero y el aburrimiento a partes iguales. Carlos era madrileño, y pijeras, y hastiado, y un poco pasado de rosca; eran los años noventa.


J.D. Salinger
Son cuatro personajes literarios, surgidos de las plumas –máquinas de escribir u ordenadores– de otros tantos escritores, que también eran jóvenes cuando crearon sus novelas: Carlos es el protagonista de Historias del Kronen, de José Ángel Mañas (Destino); Clay, de Menos que cero, de Bret Easton Ellis (Anagrama); Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger (Alianza y Edhasa); White Mike, de Twelve, de Nick McDonell (Anagrama).

Twelve es la novela de la que quiero hablarles, pero resulta inevitable referirse a esas otras historias que cada cierto tiempo han ido apareciendo y presentándose como la última crónica de una juventud decadente, que ha perdido los valores de sus mayores y bla, bla, bla. Hay una tablilla egipcia de por lo menos dos mil años antes de Cristo, en la que un escriba –en esa época escribían solo unos pocos: huuum, quizá deberíamos volver a los orígenes... mejor no me hagan caso–, había, entonces, un escriba que se lamentaba de que los jóvenes que le rodeaban se hubieran quedado sin valores.

La misma cantinela se ha repetido sin parar por los siglos de los siglos. En los años treinta, el rumano Mircea Iliade escribió Los jóvenes bárbaros (Pre-Textos) y el austriaco Ödon von Horváth, Juventud sin dios y Un hijo de nuestro tiempo (Espasa), sendos ejemplos de personajes adolescentes, fríos y aparentemente aburridos de la vida. También aquel Jakob von Gunten, protagonista de la novela homónima de Robert Walser, publicada en los primeros años del siglo XX, era –es, pues los personajes de ficción nunca dejan de ser– un tipo de esta calaña.


Nick McDonell
No sé si se puede llegar a hablar de un género, pero desde luego hay una tradición que, a lo largo de los años, va generando el nacimiento de una serie de buenos libros, el último de los cuales es –al fin llegamos– Twelve, de un imberbe de 19 años llamado Nick McDonell.

La trama se desarrolla durante los días anteriores a fin de año, y todo está encaminado a la celebración de una fiesta en la que correrán las drogas, el sexo y alguna que otra cosa, fundamental para la resolución de la historia.

Frente a ese telón, discurre la vida de las clases altas neoyorquinas, vistas a través de sus vástagos, jóvenes que repiten los comportamientos de sus padres y madres, que se rebelan contra ellos, que se dejan llevar. Como contrapunto, aunque perfectamente integrado en su ambiente, está White Mike: vende drogas, pero no las consume; convive con sus coetáneos, pero parece no entenderles del todo.

Twelve –el título hace referencia a una droga de impresionantes efectos– es una buena novela, con un planteamiento narrativo muy afinado y con un puñado de buenas ideas. A Nick McDonell habrá que seguirle la pista, y esperamos que su carrera se parezca más a la de Salinger que a la de Bret Easton Ellis.



eaguirre@divertinajes.com
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