1 de septiembre de 2003

Sí, poesía, pero no se asusten

“Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es venus;
tiene la voracidad de Venus.”


Enigma de la deseosa se llama este poema de Gonzalo Rojas (Lebu, Chile, 1917). ¿Se entiende o no se entiende? Ya sé que es un razonamiento simple a más no poder, pero es una de las objeciones habituales cuando se habla de poesía.

Gonzalo Rojas es –y no lo digo yo, que también lo creo, sino gentes de mucha sabiduría– uno de los grandes poetas en lengua española de todos los tiempos. Y tenemos la suerte de que esté vivo, de que siga publicando, aunque poco, y de poderle ver en nuestra ciudad (México D.F., Buenos Aires, Madrid, Nueva York, Bogotá...) dando un recital de sus extraordinarios poemas cualquier día de estos.

Con su permanente gorra de marinero, Rojas ha viajado por todo el mundo y ha conocido a personajes tan dispares como el gran André Bréton o Mao Tsé Tung... Pero qué más da. Lo que importa son los versos de este poeta que nació en una ciudad minera chilena y que exalta permanentemente en sus creaciones el amor, el erotismo, la belleza.

Hace unos años, en Madrid, se celebraba una de las primeras ediciones de Festimad, ese festival de música pop. En paralelo, en un colegio mayor, se organizaron dos sesiones de poesía. Allí leyeron sus versos tiparracos tan alternativos como Ray Loriga (con la guitarra eléctrica de su compañera Cristina Rosenvinge), Javier Corcobado, la neoyorquina Lidia Lunch, Carlos Lencero (letrista de Camarón y de Pata Negra), Leopoldo Alas, Jesús Ferrero... Todo muy à la page.

Entre uno y otro, se subió al escenario un señor mayor, no muy alto, con gabardina y tocado de esa gorra marinera. Habló de las chicas que había visto esa mañana paseando por las calles de Madrid, se alegró de poder decir su poesía “a la intemperie” –pues así juzgó aquella reunión– y leyó. Leyó unos versos aparentemente sencillos, evidentemente alegres y perturbadoramente bellos. A este encargado de Erratas que les habla –o les escribe– le faltó tiempo para ir a buscar los libros de aquel señor del que nunca había oído hablar. Y hasta hoy.

Y mejor me callo y les ofrezco un par de poemas –cortos– de este escritor chileno, que nuestros descendientes estudiarán en el colegio, como nosotros estudiamos a san Juan de la Cruz, a Charles Baudelaire o a Antonio Machado.

Asma es amor
“Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme
alta mía única anclada ahí, no es bueno
el avión de palo en el que yaces con
vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro
de las que ya no estás, tu esbeltez
ya no está, tus grandes
pies hermosos, tu espinazo
de yegua de Faraón, y es tan difícil
este resuello, tú
me entiendes: asma
es amor”.

Carta del suicida
“Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales, y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estómago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre, así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante,
así toque mi cítara para engañarme, así
se abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse,
juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte”.



eaguirre@divertinajes.com
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