18 de agosto de 2003

Grande, grande, grande

A veces ocurren ciertas injusticias en esto de la literatura que resultan incomprensibles, y que suelen tener alguna razón de lo más tonta. La injusticia de la que hablaremos en esta ocasión es el casi absoluto desconocimiento que hay en España de la obra de uno de los grandes, grandes, grandes escritores en castellano de la segunda mitad del siglo XX, el mexicano Juan José Arreola (1918-2001).

La editorial Bruguera, en su colección Libro Amigo –aquellos volúmenes que se descuajeringaban en cuanto uno empezaba a leerlos–, publicó, en los años ochenta, el Confabulario, la gran obra de Arreola. Luego, hubo una edición en Cátedra, pero el carácter universitario de esa estupenda serie limitó la posibilidad de llegar al número necesario de lectores. A finales de los años noventa, Alfaguara publicó su obra completa en un volumen de apenas 500 páginas (de la extensión de la obra de Arreola hablaremos más adelante), pero ellos, tan listos, se limitaron a distribuirlo en México y se olvidaron de España, en lo que fue una gran ocasión perdida de dar a conocer unos relatos magníficos; y para ellos, de ganar dinero.

Juan José Arreola nació en un pueblo del estado de Jalisco. Para que ustedes se sitúen, Jalisco es la cuna de dos de las señas de identidad mexicanas: el tequila y los mariachis. Jalisco es también la patria de otro inmenso narrador mexicano, de obra también escasa, Juan Rulfo, el padre putativo de Pedro Páramo. En uno de sus textos, de carácter autobiográfico, De memoria y olvido, habla Arreola de su pueblo natal: “Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace 100 años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán”.

Una frase de Arreola tiene la fuerza de quinientas novelas de... –bueno, tampoco hay que pasarse con gente que se gana la vida con sus libros aunque no se lo merezcan; o mejor: pongan ustedes el nombre que quieran, que hay candidatos para dar y tomar–, y quizá por ello su obra es corta y escasa.

Corta porque ha cultivado el relato; solo escribió una novela, La feria, en 1963, que no es sino un collage de pequeños textos los cuales, juntos, conforman un mosaico que desde la distancia es la novela. Escasa porque, toda junta, apenas llega a las quinientas páginas arriba citadas.

Siempre se destaca su condición de autodidacta y la tremenda variedad de trabajos que desempeñó a lo largo de su vida. Vivió en París; de hecho era un auténtico conocedor de la cultura y la civilización francesas: tuve la suerte de poder escucharle una vez en la radio mexicana en una conversación en la que pasó de Brigitte Bardot al románico francés con una soltura y un conocimiento de causa envidiables. Era un entusiasta jugador de ajedrez.

En 1949, Arreola publicó su primer libro, Varia invención; luego vendrían Confabulario (1952), Bestiario (1958), Palíndroma (1971). A partir de ahí, el escritor daría vueltas a esos textos, que se publicarían en diversas combinaciones. Él habló de su “pasión artesanal por el lenguaje”, dijo preferir los “gérmenes literarios a los desarrollos voluminosos” y creía que la “obra no crece por los títulos, va creciendo sola. Lo que importa es escribir de manera excepcional”. Declaraciones de principios.

Así, en el caso de Arreola es preferible referirse a relatos concretos que a libros. Hay dos, que resultan muy significativos tanto del estilo como de los valores de don Juan José. Una reputación cuenta la historia de un hombre que, en el autobús, ayuda a una mujer y, a partir de ahí, se siente el protector de las buenas maneras y el respeto por el prójimo a bordo de ese vehículo, del que ha de apearse al final del recorrido, lejos, muy lejos de su casa. Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos es la queja de un hombre que no puede entender que alguien haga mal su trabajo y que no le ponga el amor y la dedicación suficientes como para que esos zapatos salgan bien.

Juan José Arreola, en su obra –y han contado quienes le trataron que también en su vida–, respondía a ese modelo de comportamiento que plantea en esos dos relatos: respeto (por la literatura y por los lectores), amor, dedicación y buenas maneras. ¿Qué más se puede pedir?

Cuando murió, la prensa cultural española (¿pero eso existe?) no le dedicó nada: un par de mini obituarios en El País y El Mundo –sacados de los teletipos de turno– y pare usted de contar. Eso sí que fue un pedazo de Errata. Pero nunca es tarde para conocer a un escritor, pues –con mayor o menor dificultad– por ahí andan sus libros.



eaguirre@divertinajes.com
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