4 de agosto de 2003

Joyitas neoyorquinas

Como ya habrán podido comprobar quienes hayan leído un par de estas Erratas, o más –si es que existen tan pacientes y amables lectores–, el gusto de quien escribe no sigue una línea muy coherente. Una lectura puede llegar a mis manos por los más intrincados caminos. Leí, por ejemplo, el relato de Julio Cortázar Las babas del diablo azuzado por la visión de su peculiar versión cinematográfica de Antonioni, de 1966, Blow Up; o Ciego en Gaza, de Aldous Huxley, después de escuchar algunos discos de un grupo británico de los años ochenta que había tomado este título como nombre... Disculpen estas confidencias.

Un poco más literario, sin embargo, es dejarme tentar cuando me entero de que ese o aquel escritor es, o ha sido, colaborador o redactor de la revista New Yorker. Uno de esos semanarios que a todos nos gustaría encontrar en el kiosco de nuestra esquina, en el cual la información cultural se valora más que nada, pero una investigación suya puede obligar a que un alto cargo de la administración Bush dimita, como ocurrió unas semanas antes del inicio de la invasión a Iraq con Richard Pearle. Un semanario que dedica periódicamente números a la política o la economía. Una revista que no se preocupa por qué llevar en su portada... Mejor dicho, sí que se preocupa, pues las ilustraciones que aparecen en esa primera página desde hace más de setenta y cinco años son insuperables. Algunas veces ha contado con obras de españoles, como Mariscal o Ana Juan.

En las librerías españolas se pueden encontrar sendos libros de un miembro del staff de New Yorker, Joseph Mitchell, y de una de sus colaboradoras, Helene Hanff. De ésta,Anagrama publicó hace unos meses su obra más famosa, 84, Charing Cross Road (traducida por Javier Calzada). El volumen recoge las cartas que Helene escribió, entre 1949 y 1969, a una librería de Londres para comprar libros que no encontraba en Nueva York, así como las misivas con las cuales le contestaban desde Inglaterra.

La evolución de la relación epistolar entre Helene y uno de los libreros, Frank Doel, se convierte al adoptar forma de novela en una deliciosa demostración del amor por la literatura, de la amistad desinteresada y de optimismo vital. En apenas ciento veinte páginas, el lector vive veinte años de una historia única.

El secreto de Joe Gould, también en Anagrama (traducido por Marcelo Cohen, en 2000), tiene un carácter más periodístico aunque en absoluto menos literario. Se trata de dos perfiles de un mismo personaje, un peculiar homeless neoyorquino, que Joseph Mitchel publicó en su revista, uno en 1942, otro en 1964, y que no aparecieron como libro hasta 1996, cuando Mitchell murió.

¿Cuántos perfiles o crónicas de los que se publican en la prensa española contemporánea resistirían publicados en libro más de veinte años después de escritos? No me contesten, por favor.

El secreto de Joe Gould no solo resiste, sino que puede considerarse como una lección de como el punto de vista desde el cual se aborda una crónica periodística puede dar pie a la creación de dos obras tan diferentes y tan similares. En uno de ellos, el protagonista, Gould, es presentado mediante los testimonios de terceras personas; en el otro, el sujeto del perfil es quien ofrece la información al periodista. “De haber sido neoyorquino, Borges nos hubiera sorprendido con algo parecido a El secreto de Joe Gould”, afirmó el novelista británico Martin Amis.

Ambas historias han sido llevadas al cine. En 1986, Anne Bancroft y Anthony Hopkins dieron vida a los personajes de 84, Charing Cross Road, y en 2000, fueron Ian Holm y Stanley Tucci quienes lo hicieron con los de El secreto de Joe Gould.

Búsquenlos: los dos libros y algún número de la revista.



eaguirre@divertinajes.com
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