7 de julio de 2003

Otra promesa; o no

Cada seis meses, más o menos, alguna editorial –con el apoyo entusiasta de “sus” críticos y amiguetes– anuncia que ha encontrado a la nueva promesa, a ese pedazo de novelista –joven, por supuesto– que va a arrasar con una obra original, sólida, vanguardista... (pongan ustedes esos calificativos que les gustaría encontrar en un libro). Luego, desgraciadamente, la cosa se queda en poquito, o en nada.

Y acaba de volver a pasar: la promesa se llama Javier Calvo (Barcelona, 1973); el “novelón”, El dios reflectante (Mondadori). El muchacho es traductor (Coetzee, David Foster Wallace, Palahniuk...) y ya había publicado un volumen de relatos, Risas enlatadas; también en Mondadori, editorial para la cual traduce...

Tengo un amigo que trabaja en la industria musical, Santi, y desde hace mucho tiempo desconfía de esos grupos y/o cantantes que surgen como un terremoto en las emisoras de radio y en sus listas de éxitos, con discos impecablemente producidos y grabados, con una imagen absolutamente cuidada y de los cuales nadie, en el ambiente musical, había oído hablar o había presenciado en directo. Pues con los escritores, lo mismo. Pongamos uno ejemplos:

Un tal Lorenzo Silva (que luego fue finalista y ganador del Nadal, amén de un sólido vendedor –en el mejor sentido– de novelas) publicó sus dos primeros y brillantes libros (Noviembre sin violetas y La sustancia interior) en una editorial de segunda fila, sin ninguna publicidad, sin apoyo periodístico alguno. Quien sí lanzó su primera novela con mucho ruido fue Juan Bonilla, pero antes se había dado a conocer mediante unos escritos publicados por un bar sevillano y un estupendo libro de relatos en la exquisita Pre-Textos, El que apaga la luz; en 2003, Bonilla ha ganado el premio Biblioteca Breve, con Los príncipes nubios. Dramaturgo y novelista, Antonio Álamo llegó a fichar por Planeta, y luego por Mondadori, tras haber estrenado obras en muchos escenarios, más o menos alternativos, y de haber debutado como novelista en Lengua de Trapo.

Pero volvamos a Javier Calvo: los personajes de su novela caminan todo el rato sobre suelos de linóleo. ¿Alguno de ustedes pisa linóleo habitualmente? Y si lo hiciera, ¿sabría que se trata de linóleo? La influencia de la literatura estadounidense es buena si se procesa un poco, pues de lo contrario se llega a algo que pasó en las letras españolas de principios de los noventa: que en muchas novelas había más pistolas y callejones de los que este país ha habido nunca.

Calvo quiere hablar del proceso creativo, de la pulsión que lleva al artista a ser lo que es y a hacer lo que hace, por encima de todo y de todos: lean, por favor, Los dos luises (Anagrama), de Luis Magrinyà. Calvo ambienta su trama en Londres, donde parece que las cosas suceden mejor que en Barcelona o Villalpando: lean, por favor, Breve historia de la inmortalidad (Lengua de Trapo), del ya citado Antonio Álamo. Calvo presenta a un puñado de personajes que hablan mucho y que tienen mucha vida interior: lean, por favor, cualquier novela de Benjamín Prado. Calvo introduce mucha cultura contemporánea (cine, música, moda) en la peripecia de El dios reflectante: lean, por favor, al siempre minusvalorado José Ángel Mañas (otro que sufrió esto de aparecer en escena sin rodaje previo).

El problema es que en España ya hay un puñado de escritores que son grandes promesas, pero que como sus nombre ya suenan un poco parece que no apetece jalearlos. Pero olvídense por un momento de la Errata del nombre de esta sección y hagan caso a Evaristo: Juan Bonilla, Félix Romeo, Lorenzo Silva, Antonio Álamo, Benjamín Prado, Martín Casariego, Fernando Castanedo, Ignacio Martínez de Pisón, José Manuel Benítez Ariza, Luis Magrinyà, Felipe Benítez Reyes... A este Javier Calvo, sin embargo, le falta rodaje, pero no pasa nada: Diego el Cigala, por ejemplo, empezó cantando atrás, para bailaores, durante muchos años, hasta que hace un año se presentó en el Teatro Real, de Madrid, y luego ha grabado con Bebo Valdés. Paciencia.



eaguirre@divertinajes.com
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